De cuando se
suicidaron dos letraheridos
Antonio Salvador
UCR
30 de
Julio de 2009
Si me oyen me
han de llamar mal español porque digo los abusos para que se
corrijan, y porque deseo que llegue mi patria al grado de esplendor
que cito. Aqui creen que sólo ama a su patria aquel que con
vergonzoso silencio o adulando a la ignorancia popular contribuye a
la perpetuación del mal...
(Mariano
José de Larra, 1809-1837)
Y me mantengo
firme gracias a ti, poesía, / pequeño pueblo en armas contra la
soledad.
(Javier Egea, 1952-1999)
El lunes de carnaval de 1837, Mariano José de Larra se suicidó
frente al espejo de su piso de la calle de Santa Clara número 3, en
el Madrid de los Austrias. Un pistoletazo en la sien derecha ponía
el punto final a la aventura vital de Fígaro. Despechado,
traicionado por la mujer que amaba, el periodista mejor remunerado
del momento moría a la manera romántica.
Ceñir el suicidio de Larra a cuestiones sentimentales sería un error
de libro. El abandono de Dolores Armijo fue la gota que colmó el
vaso de su desesperanza, el empujoncito final hacia el abismo. Fue
la sociedad española la que le arrojó en brazos de la parca.
Larra murió de puro español, de ser un español tan noble, un español
de tan recia honradez, que ni la propia España se lo merecía. Este
país nuestro ha sido (y es) un experto consumado en el pisoteo
inmisericorde de las ilusiones de los mejores españoles, en el
aplastamiento de los genios y los lumbreras capaces de modificar el
rumbo vacilante y pendenciero que nos conduce al precipicio.
España fusiló a Federico, encarceló a Miguel Hernández, exilió a
Bergamín, dejó que Machado se derrotara en Colliure, España repudió
a Goya, tildó a Blanco White de extranjero, ejecutó a Riego, dió la
orden de fuego que diseminó el cadáver de José María de Torrijos en
las playas de Málaga. La nación encargada de guarecer las esencias
católicas del orbe, quemó a los herejes, sepultó a los
librepensadores, mató de hambre a los patriotas.
La biografía de Mariano José de Larra es la crónica de un fracaso.
El Pobrecito Hablador fracasó en su afrancesamiento, en su
liberalismo bientencionado, en su condición de enamorado de una
mujer casada. La bala que le destrozó el cráneo sólo fue un trámite.
Larra había fenecido mucho antes, en el exacto segundo en el que
comprendió que no podía dejar de ser español, porque somos españoles
los que no podemos ser otra cosa.
Javier Egea se descerrajó un tiro en la cabeza con su escopeta de
caza. Encontraron su cuerpo en el interior de su domicilio, un ático
en la calle Óscar Romero, en el populoso barrio granadino del
Zaidín. Los hechos sucedieron el jueves 29 de julio de 1999.
Egea era poeta. Y comunista. Ser poeta en Granada es una carambola
del azar, una pesada carga en la ciudad que mató al Poeta por
excelencia. Ser comunista es acaso un empeño inexpugnable en la
patria chica del chavico, en el lodazal de envidias regado por tres
ríos desiguales en capacidad y en evocación literaria: el Darro, el
Beiro y el Genil.
Burgués de estirpe, autodidacta sin título universitario, lector
empedernido del Quijote, compañero de generación de Luis García
Montero y Álvaro Salvador en aquella epopeya de la Otra
Sentimentalidad, al amparo de las teorías marxistas de Juan
Carlos Rodríguez. Quisquete practicó la poesía
materialista, la poesía clasista del que sitúa su escritura en el
terreno de la dialéctica capital/trabajo.
La estrategia lampedusiana que puso en marcha la Transición arrolló
a los comunistas y compró a los poetas. Hubo algunos que no
toleraron el soborno, que no aceptaron el tinglado editorial, los
premios concedidos de antemano, los chanchullos mediáticos, la
censura consciente o insconsciente, que se resistieron a sumarse a
las huestes victoriosas del pensamiento único. Los comunistas, por
su parte, asumieron la caída del Muro, el desmoronamiento del campo
socialista, con estoicismo. La perfección leninista, contaminada por
Stalin, rehecha a retazos por sus sucesores, se venía al suelo cual
castillo de naipes, ante el asombroso espanto de los bolcheviques.
Javier Egea no se vendió, no escapó a la casa común de la izquierda,
no renegó de sus orígenes ideológicos, continuó componiendo versos
en el marco del materialismo histórico. Sus otrora colegas entraron
en el circuito cultural mercantilizado, se convirtieron en popes de
lo políticamente correcto, dejando atrás la poesía comprometida,
conservando lazos partidarios más etéreos. La amistad se fue
diluyendo, corrió el calendario, llegaron los casorios, la prole, la
comodidad del brasero y del aparato de televisión.
No tuvo otro remedio que disparar contra sí mismo. No le dejaron
ninguna salida. España le puso entre la espada y la pared, y él
escogió el frío del acero.
Atrás quedaban los saraos en La Tertulia, las borracheras
en el bar Bernardo, la lucidez del cubata, la camisa
hawaiana de Rafael Alberti, el frustrado intento de construir un
discurso poético anticapitalista, en el piélago de posmodernidad que
nos descabalgó como tristes Saulos.
Larra y Egea, Egea y Larra, liberal el uno, marxista el otro, ambos
refractarios para la España que les lanzó al vacío, ambos mártires
sacrificados por los sumos sacerdotes del poder, ambos daños
colaterales de los mandarines del devenir español.
La casualidad quiso unir los aciagos desenlaces de estos dos
revolucionarios de la pluma. Javier Egea se arrancó la existencia a
pocos metros de otra calle de Santa Clara, de similar nombre a
aquella vía madrileña en la que Mariano José de Larra perdió la
apuesta con Doña Cuaresma.