Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho
Eduardo
Galeano
Pcumadrid
1
de Diciembre de 2009
1
Somos todos culpables de la ruina del planeta
La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos
responsables', claman las voces de la alarma universal,
y la generalización absuelve: si somos todos
responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen
los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de
natalidad más alta del mundo: los expertos generan
expertos y más expertos que se ocupan de envolver el
tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos
fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al
'sacrificio de todos' en las declaraciones de los
gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que
nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación
que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica
comparable al agujero del ozono- no se desencadenan
gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad
para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a
quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y
a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las
estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el
palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad
comete el 80 por ciento de las agresiones contra la
naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es
la humanidad entera quien paga las consecuencias de la
degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el
envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y
la dilapidación de los recursos naturales no renovables.
La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno
de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil
millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo
que los países desarrollados de Occidente, "harían falta
10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus
necesidades". Una experiencia imposible. Pero los
gobernantes de los países del Sur que prometen el
ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a
todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados
por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no:
además, esos gobernantes están cometiendo el delito de
apología del crimen. Porque este sistema de vida que se
ofrece como paraíso, fundado en la explotación del
prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que
nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el
alma y nos está dejando sin mundo.
2 Es
verde lo que se pinta de verde
Ahora, los gigantes de la industria química hace su
publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su
imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de
sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. "En las
condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales
estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería
del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna
medida concreta limita la libertad de contaminación.
Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida
ley de defensa del medio ambiente, las empresas que
echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron
súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron
su verdad en términos que podrían ser resumidos así:
"los defensores de la naturaleza son abogados de la
pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y
a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial,
en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el
desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir
tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el
recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este
impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero,
100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas,
para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza.
Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos
proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial
está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos
hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se
llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama
Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran
y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la
numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come.
Siendo, como es, el principal acreedor del llamado
Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros
países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus
acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les
impone su política económica en función del dinero que
concede o promete. La divinización del mercado, que
compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite
atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades
del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo,
mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que
los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que
antes fueron bosques.
3
Entre el capital y el trabajo, la ecología es neutral
Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era
un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a
los velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de
la industria química, petrolera y automovilística
pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La
conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó
de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada
Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales
que producen contaminación y viven de ella, y ni
siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada
libertad de comercio que hace posible la venta de
veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio,
hasta la industria química se viste de verde. La
angustia ecológica perturba el sueño de los mayores
laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza
están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero
estos desvelos científicos no se proponen encontrar
plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química,
sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los
plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios
producen. De las 10 empresas productoras de semillas más
grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz,
Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La
industria química no tiene tendencias masoquistas. La
recuperación del planeta o lo que nos quede de él
implica la denuncia de la impunidad del dinero y la
libertad humana. La ecología neutral, que más bien se
parece a la jardinería, se hace cómplice de la
injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua
limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de
todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos.
Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines
del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que
creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse
de la lucha social. Chico creía que la floresta
amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma
agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los
obispos brasileños denunciaron que más de 100
trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la
lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de
campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las
plantaciones del interior.Adaptando las cifras de cada
país, la declaración de los obispos retrata a toda
América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas,
hinchadas a reventar por la incesante invasión de
exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una
catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de
los límites de la ecología, sorda ante el clamor social
y ciega ante el compromiso político.
4 La
naturaleza está fuera de nosotros
En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la
naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el
monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos
por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas
parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando
América fue apresada por el mercado mundial, la
civilización invasora confundió a la ecología con la
idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y
merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista.,
los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse
jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el
árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos
diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la
tierra. La civilización que venía a imponer los
devastadores monocultivos de exportación no podía
entender a las culturas integradas a la naturaleza, y
las confundió con la vocación demoniaca o la ignorancia.
Para la civilización que dice ser occidental y
cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había
que domar y castigar para que funcionara como una
máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para
siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía
esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que
la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y
hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada.
Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta
sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u
otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida,
ella está fuera de nosotros. La civilización que
confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con
el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también
confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el
mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su
propio cielo.
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