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¿Cree usted en Dios, sí o no?
Jorge Majfud
Argenpress
9 de
Junio de 2009
Me
preguntan si creo en Dios y me advierten que necesitan sólo una frase.
Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no.
Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de
semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que
escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde.
La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro si o un
claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el dios por el
que se me pregunta estuviese tan claro y definido. ¿Le gusta usted
Santiago? Perdone, ¿cuál Santiago? ¿Santiago de Compostela o Santiago de
Chile? ¿Santiago del Estero o Santiago Matamoros?
Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le
pido. Pero no cualquier dios. Parece que casi todos están de acuerdo en
que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un
dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos
odios.
La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones
para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una
coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común;
cuestionarlo una rara herejía. No puedo creer y menos puedo apoyar un
dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y
conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre
otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras. Un dios
que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el
nacimiento y otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se
ufana de su universalidad y de su amor infinito.
¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que
condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros
elegidos con más riquezas materiales. ¿Cómo creer en un dios de corbata
los domingos, que grita y se hincha las venas condenando a quienes no
creen en semejantes aparato de guerra y dominación? ¿Cómo creer en un
dios que en lugar de liberar somete, castiga y condena? ¿Cómo creer en
un dios mezquino que necesita la política menor de algunos fieles para
ganar votos? ¿Cómo creer en un dios mediocre que debe usar la burocracia
en la tierra para administrar sus asuntos en el cielo? ¿Cómo creer en un
dios que se deja manipular como un niño asustado en la noche y sirve
cada día los intereses más repudiables sobre la tierra? ¿Cómo creer en
un dios que dibuja misteriosas imágenes en las paredes húmedas para
anunciar a la humanidad que estamos viviendo un tiempo de odios y de
guerras? ¿Cómo creer en un dios que se comunica a través de charlatanes
de esquina que prometen el cielo y amenazan con el infierno al que pasa,
como si fuesen corredores de bienes raíces?
¿De qué dios estamos hablando cuando hablamos de Dios Único y
Todopoderoso? ¿Es el mismo Dios que manda fanáticos a inmolarse en un
mercado el mismo Dios que manda sus aviones a descargar el infierno
sobre niños e inocentes en su nombre? Tal vez sí. Entonces, yo no creo
en ese dios. Mejor dicho, no quiero creer que semejante criminal sea una
fuerza sobrenatural. Porque bastante tenemos con nuestra propia maldad
humana. Solo que la maldad humana no sería tan hipócrita si se dedicara
a oprimir y a matar en su propio nombre y no en nombre de un dios
creador y bondadoso.
Un Dios que permite que sus manipuladores, que no tienen paz en sus
corazones hablen de la paz infinita de Dios mientras van condenando a
quienes no tienen fe. A quines no tienen fe en esa trágica locura que le
atribuyen cada día a Dios. Hombres y mujeres sin paz que se dicen
elegidos por Dios y van proclamándolo por ahí porque no les resulta
suficiente que Dios los haya elegido por su dudosas virtudes. Esos
terroristas del alma que van amenazando con el infierno, con voces
suaves o a los gritos a quienes se atreven a dudar de tanta locura.
Un Dios creador del Universo que debe acomodarse entre las estrechas
paredes de casas consagradas y edificios sin maleficios levantados por
el hombre, no para que Dios tenga un lugar en el mundo sino para tenerlo
a Dios en un lugar. En un lugar propio, es decir, privatizado,
controlado, circunscripto a unas ideas, a unos párrafos y al servicio de
una secta de autoelegidos.
Luego la acusación clásica para todo aquel que dude de los reales
atributos de Dios establecidos por la tradición es la de soberbia. Los
furiosos predicadores, en cambio, no se detienen un instante a
reflexionar sobre su infinita soberbia de pertenecer y hasta de guiar y
administrar el selecto club de los elegidos del Creador.
Lo único que le pido a Dios es que exista. Pero cada vez que veo estas
hordas celestiales me acuerdo de la historia, cierta o ficticia, del
cacique Hatuey, condenado a la hoguera por el gobernador de Cuba, Diago
Velásquez. Según el padre Bartolomé de las Casas, un sacerdote lo
asistió en sus últimas horas tratando de ganarlo para el cielo si se
convertía al cristianismo. El cacique le preguntó si se encontraría allí
con los hombres blancos. “Si —respondió el cura—, porque ellos creen en
Dios”. Lo que fue razón suficiente para que el rebelde desistiera de
aceptar la nueva verdad.
Entonces, si Dios es ese ser que camina detrás de sus seguidores en
trance, la verdad, no puedo creer en él. ¿Para qué habría el Creador de
conferir razón crítica a sus creaturas y luego exigirles obediencia
ciega, temblores alucinados, odios incontrolables? ¿Por qué habría Dios
de preferir los creyentes a los pensantes? ¿Por qué la iluminación
habría de ser la pérdida de la conciencia? ¿No será que la inocencia y
la obediencia se llevan bien?
¿Y todo esto quiere decir que Dios no existe? No. ¿Quién soy yo para dar
semejante respuesta? Solo me preguntaba si el creador del Universo
realmente cabe en la cáscara de una nuez, en la cabeza de un misil.
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