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La Conjura de
Mayo. 1981.España, al borde de la guerra civil
Amadeo
Martínez Inglés
(La rebelión de los
generales franquistas)
Todo sobre el nuevo
“Alzamiento Nacional” que preparaba la derecha castrense española para
el 2 de Mayo de 1981 y que frustró el 23-F. Milans del Bosch, el general
que no quiso ser un nuevo Franco.
SUMARIO
Introducción
Capítulo uno
LOS PACTOS DE LA ZARZUELA
Torcuato Fernández Miranda
y su “modélica” transición. La designación de Juan Carlos como heredero
de Franco a título de rey. Sus problemáticas jefaturas de Estado
interinas. Noviembre de 1975: Pactar para sobrevivir. Con los
norteamericanos: Entrega del Sahara. Con los partidos políticos
españoles: La futura Constitución. Con los militares: España seguirá
siendo Una, Grande y Libre. Su ascensión al trono. Su juramento ante Las
Cortes.
Capítulo dos
TRES GOLPES, TRES
El primer Gobierno del rey.
La legalización del PCE. Las primeras elecciones democráticas del
15-J-77. El Ejército se siente traicionado. La reunión de Játiva. El
mapa involucionista en la España convulsa del otoño de 1980: El golpe
duro o a la turca de los generales franquistas. El golpe de “los
espontáneos”. La apuesta “primorriverista” de Milans. El contragolpe
borbónico o “Solución Armada”. Milans del Bosch, Armada, Tejero, los
capitanes generales franquistas, los líderes políticos… conspira que
algo queda.
Capítulo tres
EL GOLPE DURO DE LOS
CAPITANES GENERALES FRANQUISTAS
Un nuevo “Alzamiento
Nacional” en plena transición democrática, esta vez en mayo y contra la
corona. “El rey es un traidor, lo fusilamos y en paz”. El “Plan Móstoles”
(Plan Mola II): Madrid, de nuevo primer objetivo estratégico. General
Elícegui: “Esta vez la capital debe caer la primera y sin disparar un
solo tiro”. Los príncipes de la milicia buscan un nuevo Franco: “Sólo
Milans del Bosch puede liderar esto”.
Capítulo cuatro
AL SERVICIO DE LA CORONA
La “Solución Armada”: El
golpe blando del rey. Las confidencias de su antiguo secretario general
ponen nervioso al monarca. “Majestad: Están en juego la corona, la
democracia y su propia vida. Es urgente y totalmente necesario parar a
los capitanes generales. Y para ello debemos contar con el teniente
general Milans. Sin él, todo estará perdido”. La compleja gestación y la
chapucera ejecución del 23-F. Del fracaso inicial al éxito final: La
Conjura de mayo quedará desactivada.
Capítulo cinco
MILANS, EL GENERAL QUE NO
QUISO SER UN NUEVO FRANCO
El sueño primorriverista
del general Milans del Bosch. La “Solución Armada”. Los “pactos de
Valencia” con el enviado del rey. Las tentaciones de los golpistas de
mayo: Director del Alzamiento, Generalísimo y Jefe del nuevo Estado
nacional. Las ofertas del monarca: Jefe del Ejército (Prejujem) y,
después, Presidente de un Gobierno de autoridad bajo el manto de la
Corona. El general en su laberinto. Su acendrado monarquismo le empujará
al final al bando del rey pero los supremos intereses de la Institución
le llevarán al deshonor y la prisión.
Capítulo seis
ENTRE SERVICIOS SECRETOS
ANDUVO EL JUEGO
El doble juego del CESID:
Primero, bajo las órdenes directas del rey y la JUJEM, coopera con
Armada, le informa de la existencia y progresos del golpe duro de los
generales franquistas y le apoya en la planificación del 23-F. Después,
cumple las órdenes de arruinar definitivamente la fracasada operación
del marqués de Rivadulla. El Servicio de Información de la Guardia
Civil, por su parte, ayuda en todo momento a Tejero. Agentes del SIGC
cercan con antelación el Congreso para facilitar su llegada. Los
Servicios de Inteligencia del Ejército de Tierra (Estado Mayor y
Capitanías) cooperaron en todo momento con los conjurados de mayo.
Capítulo siete
Y DESPUÉS DE LA TORMENTA
CASTRENSE… LA TRANSICIÓN SIGUIÓ SU CAMINO
El “23-F” puso fin
a la Conjura de mayo y, en consecuencia, al poder militar en España.
También, a cuatro años de enfrentamientos soterrados entre los generales
franquistas y el rey. Se salvó así el delicado proceso político de la
transición pero el fin nunca puede justificar los medios empleados para
conseguirlo; sobre todo, si esos medios constituyen un peligro cierto de
guerra civil. Los méritos y las responsabilidades del monarca español
en los hechos político-militares más emblemáticos de la transición: el
“Sábado Santo rojo”, el contubernio castrense de la primera noche
electoral, el 23-F, la Conjura de mayo…
CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN
El día 2 de mayo de
1981, a diferencia de idéntica fecha de 1808 en la que un puñado de
madrileños se echó a la calle en lucha desigual con el Ejército de
ocupación francés, no ha pasado a la Historia con mayúsculas de este
país. Afortunadamente. Aunque en la otra historia de España, en la que
se escribe con minúsculas, en la desgraciada de las endémicas asonadas
militares y los golpes de Estado más o menos cruentos, sí tuvo
reservadas, y durante bastante tiempo, abundantes páginas en blanco para
poder recoger en ellas uno de los terremotos castrenses más devastadores
desde que el general Franco, en julio de 1936, se levantara en armas
contra la II República.
Seísmo castrense,
político y social que, largamente preparado en los más altos despachos
del Ejército de Tierra español de la época y con su epicentro en los
cuarteles y Unidades militares más operativas del mismo, estaba previsto
hiciera sentir todo su arrollador poder en la capital de la nación,
Madrid, provocando, en esa emblemática fecha en la que 173 años antes
los patriotas madrileños hicieran gala de un heroísmo sin límites, un
cambio substancial en el devenir político de España.
Efectivamente, en los
reservados y supersecretos papeles del todavía Ejército franquista de la
época estaba ya escrito con letras gruesas, al comienzo del mes de
febrero de 1981 (la siniestra Directiva de Planeamiento que iba a poner
en marcha la denominada por los golpistas “Operación Móstoles” se
redactó a lo largo del otoño de 1980 y vio la luz definitiva el 13 de
febrero de 1981) que en la madrugada del día 2 de mayo de tan fatídico
año, a las 03,00 horas para ser exactos, como es costumbre en la
práctica totalidad de los Ejércitos cuando, olvidándose de las leyes y
de la lealtad que deben a sus conciudadanos, pretenden cambiar el orden
político establecido en sus respectivos países, 50.000 soldados apoyados
por 200 carros de combate, 300 vehículos blindados, 200 piezas de
artillería y toda la parafernalia logística necesaria para mover
semejante músculo militar, se pondrían en marcha desde sus campamentos y
vivaques de maniobras repartidos por toda España (unas maniobras
planificadas ad hoc) hacia la capital de la nación con la finalidad de
cercarla a distancia y provocar en cuestión de horas la caída del
Gobierno y de la Jefatura del Estado.
Pero,
afortunadamente, como todos sabemos, ese fatídico golpe militar, ese
nuevo “Alzamiento” de corte totalmente franquista, ese oscuro órdago
castrense lanzado a la cara de las más altas instituciones del Estado
español por parte de los más poderosos prebostes del Ejército español,
no llegaría nunca a materializarse; sería abortado, parado,
desmantelado, desactivado… antes de que pudiera pasar a la pequeña y
desgraciada historia de este país. Y ello sería así no por la reacción
unánime del pueblo español que, como siempre ocurre en estos casos, no
se enteró de nada, sino ¡atento amigo lector! porque otro “golpe
militar” se cruzó en su camino, este blando, institucional, palaciego,
intramuros del sistema: el conocido popularmente como “23-F”, tachado
desde el principio por los poderes públicos españoles de “intentona
involucionista a cargo de unos cuantos militares y guardias civiles
nostálgicos del anterior régimen” y que en realidad solo fue una
maniobra político-militar-institucional, nacida en los aledaños de la
primera magistratura de la nación, para parar como fuera el tremendo
peligro de mayo.
En las páginas que
siguen, y como absoluta primicia informativa que yo me atrevería a
calificar de histórica puesto que este nuevo “Alzamiento Nacional”,
planificado en su día por los más altos jerarcas de la extrema derecha
franquista, ha constituido durante casi treinta años el secreto mejor
guardado por el “gran mudo” castrense español, voy a presentar al lector
con todo detalle como nació y como se preparó, estudió y organizó el
golpe duro, “a la turca”, la gran apuesta golpista denominada “Operación
Móstoles” dentro del gran movimiento de corte franquista (la Conjura de
mayo) que empezó a gestarse dentro del Ejército tras la clandestina
reunión de Játiva del otoño de 1977 y que viviría su climax a finales
del otoño de 1980 y primeros meses de 1981. Estamos hablando, sin lugar
a dudas, del más peligroso de cuantos episodios castrenses de tipo
involucionista vivió la transición democrática española en su largo
caminar desde la muerte de Franco.
También incidiré de
nuevo, por enésima y sin duda última vez, en el ya investigado y
largamente tratado por mí en diferentes trabajos “23-F”; curioso,
dramático y chapucero evento que, como acabo de exponer y espero que
asuma definitivamente la sociedad española después de publicarse el
presente libro, no tuvo nada de golpe militar (por lo menos a la antigua
usanza) y fue planificado, preparado, coordinado y finalmente ejecutado
por el propio régimen político de la transición para desactivar el golpe
militar (este ya real y clásico) que lo amenazaba de muerte: el 2-M
Y es que, vuelvo a
insistir, dejando de lado cualquier otro condicionamiento, los sucesos
desencadenados en España durante la tarde/noche del 23 de febrero de
1981 nunca constituyeron en sí mismos un verdadero golpe militar. Los
profesionales de las armas de este país lo supimos desde el primer
momento porque, al margen de la información reservada o privilegiada de
la que cada uno pudiera disponer en virtud de su destino o estatus
personal, los parámetros tácticos, estratégicos, logísticos e, incluso,
políticos, con los que se planificó, preparó, coordinó y ejecutó, no
encajaban en absoluto con los mínimos exigidos en una operación de estas
características (perfectamente conocidos y estudiados, por lo demás, en
los centros militares de enseñanza de los Ejércitos del mundo entero)
que, como es de general conocimiento, tienen por finalidad cambiar
abrupta e ilegalmente el curso político de un Estado, sea de un signo u
otro.
Este falso golpe
militar ideado por el general Armada (denominado incluso en la prensa
oficial “Solución Armada”) tuvo desde el principio todas las
singularidades, sobre todo para los profesionales de Estado Mayor
destinados en la cúpula militar y en los Cuarteles Generales del
Ejército en la época de su planificación inicial y posterior preparación
operativa (otoño de 1980), de constituir una subterránea maniobra
político-militar-institucional de altos vuelos con el fin de desactivar
el inmenso peligro que para el sistema político instaurado en España en
noviembre de 1975 representaba el todavía poderoso Ejército franquista,
con la mayoría de sus capitanes generales conspirando en secreto contra
el rey y contra la “modélica” transición democrática protagonizada por
el rey Juan Carlos y su acólito, el presidente Adolfo Suárez.
Estas sospechas, y en mi caso
y en el de muchos compañeros destinados en el Estado Mayor del Ejército
y en altos puestos de la jerarquía castrense, absoluta certidumbre, fue
el acicate personal que me empujó, en el otoño del año 1983, a iniciar
una profunda investigación sobre éste y otros importantes hechos
históricos relacionados con él, que se ha prolongado durante más de
veinticinco años. Y de cuyas escandalosas conclusiones ya tiene plena
constancia el país entero y las más altas instituciones del Estado
(incluido el Congreso de los Diputados) a través de mis libros e
informes personales y reservados.
Este libro que tiene en sus
manos, amigo lector: LA CONJURA DE MAYO es, en cierta medida, un
compendio o resumen de todos mis trabajos anteriores tanto sobre el
histórico suceso que tuvo lugar en España el 23 de febrero de 1981 como
sobre los principales episodios de raíz castrense que tuvieron una muy
clara y flagrante vocación de representar un cambio profundo en el rumbo
de la transición española. El más peligroso de todos ellos, el preparado
para estallar el 2 de mayo de 1981 y que afortunadamente no llegó a
ponerse marcha, ve la luz por primera vez en este país después de
permanecer en los oscuros anaqueles del secreto militar casi treinta
años. En sus páginas encontrará, desde luego, muchas informaciones ya
publicadas por mí pero también, como digo, revelaciones inéditas y
sensacionales sobre lo que preparaba la extrema derecha castrense para
la primavera de 1981. Y que propició la reacción, sin duda inconveniente
y rechazable, del rey Juan Carlos I. El fin, obviamente, no puede nunca
justificar los medios empleados y en España, por muy difíciles que
fueran las circunstancias políticas y sociales en aquellos tremendos
meses del otoño de 1980, existían otros mecanismos legales y otras
resoluciones de alto nivel acordes con el Estado de derecho, que
debieron ser puestos en marcha antes de autorizar al “factotum” del
palacio de La Zarzuela, el marqués de Santa Cruz de Rivadulla y general
de División del Ejército de Tierra, don Alfonso Armada y Comyn, a idear,
planificar, preparar, coordinar y finalmente ejecutar la sutil maniobra
político-militar que debía salvar como fuera la monarquía borbónica y
enderezar una transición democrática que, efectivamente, hacía agua por
todas partes.
Y también he querido,
como parte substancial de este mi último trabajo, reivindicar todo lo
posible la denostada figura del teniente general Milans del Bosch (parte
de mis conversaciones con él en la prisión militar de Alcalá de Henares
ya fueron transcritas en uno de mis libros y las vuelvo a reproducir por
su marcado interés en éste), sin duda el profesional de las armas más
importante de la transición española, que desde la madrugada del 24 de
febrero de 1981 sería tachado pública y judicialmente, siempre sin el
debido conocimiento de causa, de golpista y traidor. Este veterano
general (muy mayor ya cuando se desarrollaron los hechos que le
llevarían a prisión por nada menos que treinta años), que pudo ser y no
quiso serlo un nuevo dictador de España, un nuevo Franco, nunca fue ni
lo uno ni lo otro. Y esto lo dice ¡ojo! un militar demócrata de toda la
vida, que pasó muy malos momentos durante el franquismo y que,
finalmente, se dejó la piel y su carrera luchando por modernizar y
profesionalizar las Fuerzas Armadas españolas y para que los derechos
humanos más elementales fueran por fin respetados en los cuarteles
españoles.
Yo, desde luego, nunca
comulgué con las teorías autoritarias del general Milans del Bosch, ni
con su visión “primorriverista” de la política española, ni con su
acendrado monarquismo, ni con su visión de una España centralista y
trasnochada que ya no tenía ningún futuro… pero lo que me contó en el
invierno de 1990 en la soledad de una prisión castrense, enfermo,
deprimido, abandonado por todos, en espera solo ya de una muerte digna…
me impresionó para el resto de mi vida y jamás lo olvidaré. Aquél
hombre, aquél carismático militar, aquel anciano que en su vida
profesional siempre actuó con extrema dureza pero con honor y justicia,
aún equivocado y después de cometer sin duda importantes errores, no se
merecía aquello: el deshonor, la prisión, la soledad, el abandono por
parte de todos… y, sobre todo, de su rey y señor. De esto último tuve
puntual conocimiento a través de sus propias palabras, entrecortadas y
tenues, en respuesta a unos comentarios míos muy críticos con la figura
del monarca al que, basándome en mis investigaciones y en los claros
indicios racionales de culpabilidad que de ellas se desprendían, le
imputé en su presencia la responsabilidad máxima del 23-F y una
despreciable deslealtad con sus subordinados:
“Sí, coronel, tiene
usted razón, el rey probablemente se asustó y abandonó precipitadamente
el proyecto político en el que tanto Armada como yo llevábamos meses
trabajando. Sí, sí, se puede afirmar que en cierta medida nos abandonó,
nos traicionó. Y, como usted sabe, no sólo a nosotros sino a un puñado
de buenos profesionales que arriesgaron sus vidas y sus carreras por él.
Desde luego, aquel 23 de febrero de 1981 no fue un buen día ni para el
Ejército, ni para España, ni para la Corona. Aunque debo decirle, en
honor a la verdad, que pudo ser mucho peor si los altos mandos militares
regionales involucrados en la operación de mayo (que recibieron las
llamadas del rey para que permanecieran fieles a su persona) o los que
desde el principio estábamos con el monarca, hubiéramos perdido los
nervios. No fue así, afortunadamente, todos actuamos con responsabilidad
y espíritu de sacrificio, aunque no cabe duda que algunas posturas
personales eran en sí mismas rechazables e, incluso, ilegales. No
obstante al final la situación pudo recomponerse…
”
Efectivamente, amigo
lector, gracias a la responsable actuación de este hombre (el 23 de
febrero de 1981, capitán general de Valencia al mando de una de las
Divisiones de Intervención Inmediata más poderosas del Ejército español)
que, lisa y llanamente, salvó a este país de una guerra civil al
renunciar a cooperar con los golpistas de mayo a pesar de sus cantos de
sirena, a la de muchos mandos intermedios de las Fuerzas Armadas y
Guardia Civil que supieron permanecer fieles a las leyes y los
reglamentos militares e, incluso, a la de altos responsables de los
servicios secretos que tuvieron que hacer increíbles piruetas para
adaptarse a una situación que cambiaba por momentos, pudo desactivarse
la peligrosa pirueta borbónica ideada para desmontar el peligroso órdago
de los poderosos generales franquistas y que había puesto a la nación,
durante bastantes horas, al borde de una nueva confrontación armada.
Como experto conocedor del Ejército y estudioso de todos los
acontecimientos que éste protagonizó a lo largo de la transición
española, tanto en la superficie de los hechos como en la profundidad de
sus secretas tramas, prefiero no pensar ni un solo segundo, pero ni uno
sólo, en lo que pudo pasar en este país durante la noche del 23-F y
jornadas posteriores si el entonces laureado, envidiado, galardonado,
jaleado por todos (incluso por el rey), endiosado por sus compañeros de
profesión… capitán general de Valencia, don Jaime Milans del Bosch, tras
darse cuenta del abandono real y harto de todos y de todo, desoye sus
sutiles recomendaciones de marcha atrás, se viste la toga de Julio César
y, sólo o acompañado de otros (los generales franquistas de mayo que le
ofrecían su liderazgo), inicia una rápida marcha hacia Madrid al frente
de sus quince mil “legionarios”.
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