Mikel Insausti
Gara
6 de
Noviembre de 2009
La consagración de Luis Tosar
llega con un papel de peligroso delincuente que lidera un motín
en la cárcel, bajo el alias de «Malamadre», que quedará en los
anales del género. Gracias a su impulso, el cuarto largometraje
de Daniel Monzón se ha asegurado la distribución internacional y
se apunta ya como el gran favorito para ganar los premios Goya.
¿Por qué «Celda 211» no fue elegida en la terna de
películas preseleccionadas para optar al Óscar de
Mejor Película de Habla No Inglesa? Es la pregunta
del momento, la que todos los aficionados al cine se
hacen. Está claro que en la decisión el nuevo
presidente de la Academia, Álex de la Iglesia, no ha
tenido nada que ver. No es él a quien corresponde
decir quién va y quién no, ya que son los académicos
los que votan. Es más, el guión de «Celda 211» ha
sido escrito por su inseparable colaborador Jorge
Guerricaechevarría y se trata de una película de
género de las que les gustan ambos, así que motivos
para decantarse por ella tenían más que sobrados. Al
final los académicos han preferido a «El baile de la
victoria», una realización de Fernando Trueba que no
ha gustado a la crítica, y que salió bastante mal
parada de su presentación en el Donostia Zinemaldia.
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Lo
que se suele comentar en estos casos es que siempre tiran hacia
los nombres consagrados, creyendo que Trueba tiene un sitio
hecho en Hollywood desde que ganara la estatuilla con «Belle
Époque». No así Daniel Monzón, autor de «Celda 211», quien
empieza a ser reconocido justo ahora, gracias a este cuarto
largometraje fiel a su concepción de un cine popular, con el que
trata de consolidarse como profesional del entretenimiento antes
que buscar un prestigio artístico. Otra de las causas a las que
se achaca el descarte de «Celda 211» es la del amiguismo, porque
los que son alguien dentro de la Academia se apoyan entre sí. Es
la única explicación para justificar que Garci, que este año no
tenía película, salga votado cada vez que dirige algo, por malo
que sea.
La
Academia de Cine ha quedado en mal lugar por culpa de su grave
olvido, y es muy posible que trate de compensar el error
premiando a «Celda 211» en los Goya. Al día de hoy todo el mundo
da por sentado que Luis Tosar ganará el Goya de Mejor Actor. La
crítica, de forma unánime, considera ya a «Celda 211» como la
mejor película del año. Cualquier resultado que no sea vencer en
los Goya con claridad será considerado una injusticia, lo que
asegura el suspense hasta el último momento. En realidad, es el
tipo de debate que siempre se ha dado, debido a que la
comercialidad y el reconocimiento artístico andan reñidos.
Con
o sin premios, «Celda 211» tiene el éxito más que asegurado,
tras la entusiástica acogida recibida en los festivales de
Venecia, Montreal y Sitges. En el mercado de esos certámenes
internacionales ha sido vendida a medio mundo, que es en la
actualidad lo más importante teniendo en cuenta lo complicada
que está la distribución en otros países para unas producciones
que, en su mayoría, han de conformarse con las migajas del
mercado interior, sacudido como está por la crisis económica.
El
secreto de Daniel Monzón y su guionista Jorge Guerricaechevarría
radica en haber sido capaces de sorprender al espectador con su
tratamiento visual de la novela original Francisco Pérez Gandul.
Al plantearse la adaptación partieron del convencimiento de que
el público que no ha estado nunca en una cárcel, ni de visita,
tiene una idea del sistema penitenciario influida por las
películas de Hollywood. Es por ello que investigaron las
peculiaridades de las prisiones del Estado español y su
funcionamiento, incluidas las referencias a los presos de ETA,
que ya estaban en la novela. Dentro de la trama es un recurso
utilizado con habilidad, a cuenta de que, cuando estalla el
motín y se inician las negociaciones, los presos comunes no
tardan en comprobar que lo que más les preocupa a las
autoridades es cuanto pueda trascender al exterior sobre los
presos políticos, encontrando en ello un motivo de presión. El
escenario escogido para el rodaje fue el de la antigua prisión
de Zamora, por cuyas galerías se mueve una cámara nerviosa que,
mediante el estilo documental, introduce literalmente a la
audiencia en la vorágine del motín carcelario. El realismo de la
situación se consigue además gracias al oportuno casting, que
entremezcla en la figuración a verdaderos convictos con actores
que lo parecen.
Cambio de registro
El
que más se ha trabajado su imagen de peligroso delincuente,
documentándose para ello, es Luis Tosar. Si bien la creación del
personaje de Malamadre, que pasará a los anales del género
carcelario, se nutre de muchos otros detalles fruto de una
observación para captar todo aquello que le pueda servir. Hacía
tiempo que el actor gallego quería cambiar el registro de voz
imitando a un amigo suyo de Santiago, como una forma de recoger
el pulso vital de la calle. La caracterización se completa con
esa mirada intimidatoria que le ha valido tantas ofertas de
villano en Hollywood, junto con un oportuno tatuaje en el cogote
con el sonoro nombre de guerra. Ahora bien, su lado oculto, que
vendría a ser el fondo humano, nos es mostrado a través del
emparejamiento de Luis Tosar con el actor revelación Alberto
Ammann, quien saca lo que de bueno pueda haber en su oponente. A
éste le ocurre lo mismo pero al contrario, porque Malamadre saca
de él lo peor que esconde en su interior.
Es
un funcionario novato recién destinado a la prisión, al que un
accidente deja indefenso en la celda controlada por los
amotinados. Como quiera que los sublevados todavía no le
conocen, su instinto de supervivencia le aconseja hacerse pasar
por uno de ellos, habiéndose de ganar la confianza de Malamadre,
el cabecilla del motín. La tensión está servida y la acción no
concede tregua en sus casi dos horas de duración, sacando a
relucir el comportamiento violento que se da en las situaciones
extremas.