Cuando el señor K. oyó que
sus antiguos discípulos lo elogiaban dijo:
-Cuando los discípulos han
olvidado los errores de su maestro, éste los sigue recordando.
Espera
El señor K. esperó algo un
día, luego una semana, luego un mes. Al fin, dijo:
-Podría haber esperado
perfectamente un mes, pero no ese día ni esa semana.
El reencuentro
Un hombre de quien el señor
K. nada había sabido durante mucho tiempo, lo saludó con estas
palabras: “Usted no ha cambiado nada”. “¡Oh!”, exclamó el señor K.,
y empalideció.
Una buena respuesta
A un proletario que había
sido llevado ante los tribunales se le preguntó si prefería jurar
por Dios o si escogía la fórmula profana para su juramento. “No
tengo trabajo”, respondió el hombre.
-Esa respuesta no fue una
mera distracción –comentó el señor K.-. Con esas palabras quiso
significar que su situación era tal que esas preguntas, más aun,
quizá todo el proceso judicial, carecía totalmente de sentido.
Cuando el señor K.
amaba a una persona…
-¿Qué hace usted cuando ama
a una persona? –preguntaron un día al señor K.
-Hago un bosquejo de ese ser
–respondió el señor K. -y procuro que se parezca a él.
-¿El bosquejo?
-No, el ser.
¿Hay Dios?
Alguien preguntó al señor K.
si había un Dios. El señor K. respondió:
-Te aconsejo que medites si
tu comportamiento variaría según la respuesta que se de a tu
pregunta. Si tu conducta no varía, dejemos el asunto. Si tu conducta
varía, te puedo prestar un servicio diciéndote que tú mismo lo has
decidido: necesitas un Dios.
Bertold Brecht, Cuentos
de almanaque, Fabril Editora, Bs.As., 1960; Kalendergeschichten,
Rowohlt, Hamburg, 1953.

