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Aprendizaje, desafío
y viaje de las palabras
Eduardo Galeano
La
Jornada 5 de octubre de 2009
Para expresar mi gratitud a esta alegría inmensa que me han regalado no
encuentro mejor manera que contar tres historias. No son inventadas por
mí, sino que son por mí vividas.
La primera es sobre mi aprendizaje. Yo no tuve la suerte de conocer a
Sherezade. No aprendí el arte de narrar en los palacios de Bagdad. Mis
universidades fueron los viejos cafés de Montevideo. Los cuentacuentos
anónimos me enseñaron. En la poca enseñanza formal que tuve –porque no
pasé de primero de Liceo– fui un pésimo estudiante de historia. Y en los
cafés descubrí que el pasado era presente. Y que la memoria podía ser
contada de tal manera que dejara de ser eterna para convertirse en
ahora.
No recuerdo la cara ni el nombre de mi primer profesor. Pero él contó
una historia de 1904 –por la edad se veía que él no había nacido en
aquel entonces–, pero la contaba como si hubiera estado ahí. Fue mi
primera lección: el arte es una mentira que dice la verdad. Y escuchando
aprendí que se puede contar lo que pasó de tal manera que vuelva a
ocurrir cuando uno lo cuenta. Que pueda uno escuchar ese remoto trueno
de los cascos de los caballos. Y que pueda uno ver las huellas de arena
aunque el suelo sea de baldosa o de madera.
Y aquel hombre para decir la verdad mintió que él había recorrido las
praderas ensangrentadas después de la batalla y había visto los muertos.
Y uno de los muertos dijo –era un ángel, un muchacho bellísimo con la
hincha blanca, roja de sangre–: Por la patria y por ella más.
Un segundo relato sobre mi primer desafío en el arte de narrar. En un
pueblo boliviano, un día de laguna –Laguna devoraba a sus hijos metidos
en los socavones de las tripas del estaño–, los mineros perseguían las
vetas de estaño y en esa cacería perdían en pocos años los pulmones y la
vida. Yo había pasado un tiempo ahí, me había hecho algunos amigos y
había llegado la hora de departir. Estuvimos toda la noche leyendo, los
mineros y yo, cantando y contando chistes, a cual más malo. Cuando ya
estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido
de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron todos a la vez
y alguno preguntó, pidió, mandó: Y ahora hermanito, dinos cómo es la
mar. Yo me quedé mudo, pero insistían, cuéntanos, cuéntanos cómo es
la mar. Ninguno de ellos iba a verla nunca. Todos iban a morir temprano.
Y yo no tenía más remedio que traerles la mar. La mar estaba lejísimos y
yo tenía que encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.
Y la tercera historia sobre los extraños viajes de las palabras. Hace
pocos meses, ante los estudiantes mexicanos leí algunos relatos. Uno de
ellos, de mi libro Bocas del tiempo, contaba que el poeta español
Federico García Lorca había sido fusilado y prohibido durante la larga
dictadura de Franco. Y que un grupo de teatreros del Uruguay había
estrenado una obra suya en un teatro de Madrid, al cabo de tantos años
de obligado silencio. Y al fin de la obra esos teatreros no habían
recibido los aplausos esperados; el público español había aplaudido con
los pies pateando el piso. Y ellos se habían quedado estupefactos. No
entendían nada. Tan mal habían actuado –pensaban–. Cuando me lo contaron
pensé que quizás el trueno sobre la tierra había sido para el autor
fusilado por rojo, por marica, por raro… Una manera de decirle: Para que
sepas Federico lo vivo que estás. Y cuando lo conté en la Universidad de
México me ocurrió lo que nunca me había ocurrido en las otras ocasiones
en que había contado esa historia. Los estudiantes aplaudieron con los
pies. Miles de pies pateando el piso con alma y vida. Y así continuaron
mi relato y continuaron lo que mi relato contaba como si eso estuviera
ocurriendo en un teatro de Madrid unos cuantos años antes. Ese segundo
trueno sobre la tierra estaba también dirigido al poeta fusilado y era
también una manera de decirle: Para que sepas, Federico, lo vivo que
estás.
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Eduardo Galeano,
escritor y periodista. Alma crítica de América Latina y figura señera
del movimiento antiimperialista internacional. Entre sus escritos más
conocidos internacionalmente: la trilogía Memoria del fuego (1986), El
fútbol a sol y sombra (1995), Las venas abiertas de América latina
(1971), Patas arriba. La historia del mundo al revés (1999).
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