Barcelona. La Semana
Trágica. Anticlericalismo en la semana roja
Arturo Villar
UCR 30
de Julio de 2009
Nos obliga a meditar el
centenario de los sucesos acaecidos en Barcelona durante la semana del
26 al 31 de julio de 1909. Los historiadores de izquierdas la denominan
“la semana roja”, mientras que los de derechas prefieren adjetivos más
tremendistas, como “la semana trágica” o “la semana sangrienta”, a
semejanza de “la semaine sanglante” con que es conocida la Commune
parisiense (21 a 28 de mayo de 1871).
Fue una protesta airada del
pueblo contra la movilización de reservistas para ir a combatir en
Marruecos, en defensa de la Compañía Española de Minas de Rif. Era una
empresa tan española que contaba entre sus accionistas con el rey
Alfonso XIII, el marqués de Comillas, los condes de Romanones, Güell y
Mejorada, el duque de Tovar, y otros próceres.
Los continuos descalabros
del Ejército español en lucha con los rifeños obligaban al general José
Marina, gobernador de Melilla, a reclamar el envío de nuevas tropas
prestas a morir por los intereses económicos de su rey y sus secuaces.
El ministro de la Guerra, general Arsenio Linares, le prometió mandarle
24.000 reservistas, con el beneplácito del presidente del Gobierno, el
muy conservador Antonio Maura.
Los reservistas habían
olvidado la poca instrucción recibida durante el cumplimiento del
servicio militar obligatorio. Obligatorio para quienes no podían pagar
la cuota de 1.500 pesetas, que les exoneraba de tan patriótico deber,
por lo que ningún niño rico hijo de papá cogía un fusil. Los curas,
frailes, seminaristas y novicios estaban exentos de esa obligación
patriótica, ya que ellos servían en el presunto ejército celestial. Por
si fuera poca esta discriminación, los reservistas en su mayoría estaban
casados y con hijos, y ahora se les obligaba a dejar a su familia y
abandonar su trabajo, para defender los intereses del rey y sus nobles.
A embarcar en Barcelona
Debían embarcar en el
muelle de Barcelona, a partir del 12 de julio. No fue bien elegido el
lugar, porque Cataluña había apostado por el archiduque Carlos de
Austria en contra de Felipe de Borbón, durante la guerra por la sucesión
de Carlos II. La toma y saqueo de Barcelona en setiembre de 1714 por las
tropas borbónicas se conmemora todavía. A los barceloneses no les había
conmovido que Alfonso XIII fuera investido canónigo de su catedral el 23
de octubre de 1908; fue una ocurrencia del cardenal Casaña, que no tuvo
otro eco popular que los chistes alusivos.
Otro error fue que un grupo
de damas lujosamente ataviadas, con la marquesa de Comillas al frente,
se colocase al pie de la escalerilla, para entregar escapularios de la
Virgen del Carmen a los que embarcaban, asegurándoles que les
protegerían de las balas mahometanas. Muchos los tiraban al mar con
desprecio y asco. El acto fue considerado una provocación, porque lo
era.
El malestar se desbordó el
domingo 18 por la tarde. Al sonar la Marcha Real cuando iba a embarcar
el batallón de Reus, la muchedumbre silbó y gritó, y trató de impedir
que los reservistas subieran al barco. El capitán general de Cataluña,
Luis de Santiago, que iba a hacerse famoso por su crueldad, ordenó a la
tropa que disparase contra el pueblo, y fue desobedecido. Un cabo y
nueve soldados se amotinaron, pero fueron detenidos.
En Madrid se abucheó el día
20 al rey y a Maura, y la estación de Atocha fue tomada por la tropa
para dominar a la multitud que trataba de impedir la salida de un tren
con reservistas. Se detuvo a numerosos políticos de izquierdas, y fueron
clausurados los círculos republicanos de muchas localidades. El 23 se
produjo un nuevo y sangriento desastre de las tropas españolas en el
monte Gurugú.
Balance de 7 días agitados
La semana roja comenzó el
lunes 26 con una huelga general pacífica en Barcelona. No obstante, el
general Santiago declaró el estado de guerra, mediante un bando en el
que amenazaba con juicios sumarísimos a los huelguistas. El gobernador
civil, el entonces maurista ultraconservador Ángel Osorio y Gallardo,
dimitió y se marchó. Muchos policías desertaron y se unieron al pueblo,
pero los soldados y los guardias civiles aceptaron cumplir las
instrucciones represoras.
Fueron levantadas
barricadas en las calles. Los burgueses se quedaron en sus casas, sin
que se molestase a ninguno. Quedaron cortados el gas y la electricidad,
y no circularon los tranvías. La jornada transcurrió con tranquilidad,
pero al anochecer corrió la voz de que se disparaba contra los
viandantes desde dos conventos de Pueblo Nuevo. La multitud se desplazó
hasta allí, y los incendió después de hacer salir a los ocupantes.
La quema de iglesias y
conventos continuó en los días siguientes, sin que se agrediese a curas,
frailes o monjas, y sin que ningún civil se opusiera. Otro bando del
general Santiago anuló las libertades constitucionales el martes 27, el
mismo día en que las tropas españolas padecían otro desastre en el
Barranco del Lobo, con 752 bajas entre muertos y heridos.
El miércoles 28 el general
implacable ordenó que se disparasen los cañones contra el pueblo, al
tiempo que llegaban tropas de refuerzo desde Valencia y Zaragoza. El
sábado 31 se produjeron los últimos enfrentamientos callejeros, y se
multiplicaron las detenciones.
El balance fue
catastrófico: murieron dos frailes y un cura por accidentes, las fuerzas
represoras reconocieron tres muertos y 27 heridos, y nunca se sabrá con
seguridad el número de víctimas civiles: se calcula que hubo un centenar
de muertos y unos 500 heridos. Fueron procesadas 1.725 personas, se
dictaron diecisiete condenas de muerte, entre ellas a Francisco Ferrer i
Guardia, y 59 de cadena perpetua, y se deportó a medio millar de
civiles. Fueron suspendidos seis periódicos, y cerrados más de cien
círculos políticos. Los destrozos causados en las calles por el
levantamiento de barricadas y los cañonazos no fueron evaluados.
Todo el mundo occidental se
horrorizó al conocer la actuación de las fuerzas represoras. Hubo
manifestaciones en las principales ciudades europeas, en las que se
protestaba contra el rey de España y su primer ministro. La monarquía
española quedó desprestigiada ante el mundo entero, por su
comportamiento fanático y sanguinario, anticipo de lo que harían los
regímenes totalitarios.
El ejército y los conventos
Lo asombroso es que una
protesta contra el envío de reservistas a combatir en el Rif derivase en
la quema de iglesias y conventos. No fue atacado ningún cuartel, ni
comisaría, ni establecimiento comercial, ni banco, ni fábrica. Solamente
se actuó contra iglesias y conventos catolicorromanos, porque tampoco
sufrieron daños los templos de otras confesiones religiosas.
Aparentemente resulta
inexplicable que para protestar contra la guerra en el Rif se quemaran
centros religiosos catolicorromanos en Cataluña. La razón se halla en la
alianza entre el trono y el altar, que beneficia a ambos en contra del
pueblo. Sucede así desde que los llamados reyes católicos reclamaron al
papa en 1478 la implantación del tribunal represor de la Inquisición,
con su secuela de terror organizado, para poder matar con plena
impunidad, al hacerlo en nombre de Dios por medio de su Iglesia.
En el siglo XIX el
absolutismo monárquico era animado por los clérigos. El indeseable
Fernando VII restableció en 1815 la Inquisición que había anulado
Napoleón, por consejo de su confesor y ministro Víctor Damián Sáez, para
detener y torturar a librepensadores y masones, para bien de la
monarquía y de la Iglesia.
Durante las guerras civiles
los clérigos fueron partidarios del carlismo, y algunos se hicieron
célebres como curas trabucaires por su inhumanidad, ya que decían ser el
brazo armado de Dios para defender la religión contra el liberalismo. A
pesar de las desamortizaciones, los frailes y monjas mantuvieron amplias
posesiones exentas de impuestos. El Gobierno pagaba los gastos del
llamado culto y clero, y concedía toda clase de privilegios a los
dedicados al servicio de la Iglesia, mientras el pueblo pagaba impuestos
y pasaba hambre.
Motivos del anticlericalismo
El pueblo lleva siglos
sufriendo la rapiña de la clerigalla, sus agresiones y denuncias, sin
capacidad para ponerles freno. Padece su incultura, su soberbia, su
avaricia, su lujuria, su ira, su gula y su pereza crónicas. Aborrece a
unos seres que predican lo contrario de lo que hacen, y exigen dinero
por cualquier acto dirigido a asegurar la anunciada salvación de las
almas, si se pagan los estipendios necesarios para sobornar a Dios y
animarle a dulcificar sus sentencias, según afirman.
Por eso el pueblo había
quemado iglesias y conventos catolicorromanos en 1823, en 1834 y en
1835, y lo volvió a hacer en 1909, y en 1931, y en 1936, y lo repetirá
cuando encuentre la ocasión propicia, porque está harto en todo momento
histórico de soportar la tiranía de sus inquilinos. Insistimos en
reconocer que el pueblo español es anticlerical, pero no antirreligioso,
como lo demuestra el que no ataque a institutos religiosos de otras
confesiones. El pueblo español respeta las creencias religiosas, pero
detesta lógicamente a quienes lo esclavizan.
La Iglesia catolicorromana
es el primer apoyo de la monarquía, ya que se sostienen mutuamente sobre
el pueblo encadenado. Así que cuando el pueblo recuerda que es soberano,
se rebela contra sus opresores. Lo hacen así siempre los
revolucionarios, tal como sucedió en Francia en 1789. La Iglesia se
aprovecha de sus prerrogativas contumazmente, hasta que el pueblo se
harta y se venga.
Por eso la protesta contra
un real decreto de movilización militar derivó en la quema de institutos
religiosos catolicorromanos.
En Bruselas se levantó un
monumento a Ferrer i Guardia, víctima del fanatismo del altar y del
trono españoles. En Madrid el sanguinario Maura tiene dedicada una calle
con una placa conmemorativa. Son dos ejemplos opuestos del entendimiento
político.
Madrid, 28 de julio de 2009.
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Arturo Villar es
Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio