Mi padre
se extrañó cuando le dije que quería ingresar en la
policía –se acuerda el poli de civil–. Porque mi
padre era rojo. Trabajador minero, de izquierda,
como mi madre y mis tres hermanos. Pero, comunista
como era, lo comprendió. Todos vendemos nuestra
fuerza de trabajo.
Domingo a
la mañana temprano en Gijón, la segunda ciudad más
segura de España. Llovió un poco, las calles
desiertas, unos caminantes escasos. Vienen de la
noche. O empiezan el día. Con Alejandro Gallo,
tomamos un café sentados en la terraza de una
peatonal. El motivo de la entrevista: me han dicho
que Gallo, jefe de la policía local, se define como
marxista. Un policía rojo no puede menos que
resultar freak para quien viene del país de la
corrupción, la mano dura y el gatillo fácil. Flaco,
inquieto, de gestos cortos y secos, fuma un
cigarrillo negro tras otro, con un rostro y una
expresión de duro. Su voz grave completa la imagen
de un personaje noir. Sin embargo a los cuarenta y
siete años, siendo un tipo curtido, Gallo no pierde
ni el humor ni una disponibilidad absoluta para
asimilar las preguntas y responderlas al instante.
“Suelo andar desarmado”, dice. “En esta ciudad no me
hace falta llevar pistola.”
A orillas
del Cantábrico, con sus calles estrechas y
silenciosas, un puerto con cientos de amarras y un
clima marino amable, Gijón es una ciudad a la vez
provinciana y turística. Y esta calma que se respira
en sus calles, a uno que viene de una realidad en la
que la seguridad es patrimonio de la derecha, le
llama la atención. “Si no llevo el arma”, dice
Gallo, “es porque no tengo que usarla”.
A Gallo lo
conocí en la Semana Negra, el hipermasivo festival
literario que organiza Paco Taibo. Una movida que
concentra miles de personas y en siete días reúne
alrededor de ciento cincuenta escritores de
diferentes lenguas, una movida que alcanza a regalar
libros, presentar mesas de ofertas increíbles y
alcanza a vender casi sesenta mil ejemplares.
Politizada, popular, abierta a los géneros,
incluyendo la ciencia ficción y la novela histórica
pasando por el nuevo periodismo de denuncia, de
convocar tanto a Los Lobos como Serrat,
preestrenando films como el último Dillinger, la
Semana Negra cuenta a Gallo entre sus invitados. En
estos días, suele escribir una columna en el
periódico A quemarropa, un tabloide que, informando
sobre los debates y espectáculos, se imprime y
regala al público. Además Gallo es autor de una
durísima trilogía de novelas sobre las cuencas
mineras. Ha escrito guiones de comics y de cine. Y
sus novelas fueron elogiadas por la crítica de los
principales diarios de España. “Las novelas de Gallo
se sitúan en la estela abierta por Hemingway y que
han seguido Marsé y Mendoza”, se dijo de su obra
narrativa. Y también: “Como el mejor Semprún, Gallo
recupera para la literatura las emociones y el
tiempo de vísceras, de combates ideológicos y
físicos, de ideas y de sangre, que a veces creemos
haber perdido para siempre”.
Con sus
carpas, la fritanga de los puestos de comida, el
fanatismo por la literatura popular, la proyección
de cine negro o de ciencia ficción, con los
parlantes que aturden con rock o reggae, la Semana
Negra es para Gallo “la Disneylandia de los
comunistas”. Si el padre rojo pudo sorprenderse
cuando el hijo ingresó a la policía, no menos se
sorprende uno cuando se pone a hablar de sus
lecturas y el policía escritor, o viceversa, el
escritor policía, dice que sus autores predilectos
son los que denomina pensadores de la sospecha:
Marx, Freud y Nietzsche. Y me cuenta su historia:
–A los
diecisiete años no tenía muy clara la vocación
–cuenta Gallo–. A esa edad, si algo te atrae, te
lanzas sin saber. Y al joven sin vocación que era yo
lo sedujo la tradición española de la pluma y la
espada. Si quieres, en mi caso, en vez de la espada
es la pistola. O la placa. Lo que puede verse como
una contradicción, esto de la pluma y la placa, no
lo es. Me lo dijo un teniente coronel purgado por
Franco. Purgado porque pertenecía a la UMD, la Unión
de Militares Democráticos. “Húmedos” se los llamaba.
El gran error, me dijo aquel oficial, consiste en
creer que el militante de izquierda no debe entrar
en el ejército o la policía. No hay que dejarle el
campo libre a los fachas. Estas instituciones de
derecha pueden cambiar si nosotros también cambiamos
de mentalidad. A partir del ‘75, con las
afiliaciones de los sindicatos de clase y las
comisiones obreras, se creó el SUP, primer sindicato
unificado de policías. Que un poli conozca a la
clase trabajadora y a sus compañeros es lo menos que
corresponde. En este aspecto las sindicalizaciones
progresistas de polis fue transgresora.
A los
cuarenta y siete años, Gallo tiene licenciatura en
tres carreras: Filosofía, Ciencias Políticas y
Ciencias de la Educación. Con veintiún años en la
fuerza, es en la actualidad profesor de la Escuela
de Seguridad Pública del Principado de Asturias.
“Fui afortunado. Yo entré en el ‘88 y la
Constitución ya estaba. En el ‘86 se renueva la
fuerza. Y se produce una purga que aparta los
elementos del franquismo. Tuve la suerte de que en
destinos distintos encontré alcaldes de izquierda y
hubo una sintonía. Por supuesto, nunca me fue fácil
al llegar a un nuevo destino. Porque te encuentras
de todo.”
Refiriéndose a la seguridad que se respira en Gijón,
Gallo cuenta una anécdota: “Hace un tiempo nos
mandaron unos policías de Colombia para hacer
prácticas. Los distribuíamos de a uno por auto
patrulla. Después de recorrer una y otra vez la
ciudad, ya de madrugada, preguntaban nerviosos
cuándo empezaba la balacera. Les costaba creer que
aquí no hay balaceras. Nuestro índice de delitos es
de 13 por cada 1000 habitantes. Un robo, un tirón,
sí tenemos. Los jóvenes que hoy roban, no delinquen
para comer. Si fuera para comer yo los ayudaría.
Pero no, violan la ley por hartazgo. Para cargar su
teléfono celular roban. Porque viven en una sociedad
del hartazgo. Se comete el delito por cuestiones
suntuarias y no por necesidad. Así como no tenemos
delitos de sangre, tampoco es alto nuestro índice de
violencia doméstica. Porque la mujer, a partir de la
cuestión del género, denuncia el acoso psíquico o
físico apenas se presenta. La policía enseña en los
colegios. Damos clases a 35.000 niños. Se los educa
desde chicos a ser ciudadanos correctos.
Gallo cita
al escritor Lorenzo Silva, que divide a los países
en dos clases: hay países donde si te pasa algo
llamás a la policía y países donde mejor no se te
ocurra hacerlo. Para el policía rojo es impensable
la corrupción policial que se ve en series como The
Shield:
–Un
policía recién salido de la Academia gana 25.000
euros por año y trabaja 1500 horas por año de
acuerdo con el convenio de los sindicatos. Puede
aplicar la ley sin corromperse. Además, no
necesitamos Asuntos Internos. Quien vigila al
vigilante es el vigilado. Y para eso están las
organizaciones vecinales. Te cuento otra anécdota,
cuando estuvieron acá el escritor de novela negra
Juan Hernández Luna y el alcalde de Meza, mexicanos
los dos, me preguntaron cuál había sido el último
homicidio. Y tuve que pensarlo. Gijón es la segunda
ciudad más segura de España –dice Gallo–. En una
noche como la de ayer, una noche de sábado, miles de
personas en la calle, hubo sólo dos situaciones
tensas, una gresca entre familiares y una entre dos
bandas de jóvenes.
Y es
cierto. Este domingo El Comercio, el diario local,
prácticamente carece de noticias policiales. La
única está debajo de una crónica que describe el
entusiasmo de hoteleros y gastronómicos, vecinos de
Gijón, con el turismo que genera la movida de la
Semana Negra. La noticia es breve y nada
espeluznante para un argentino. Informa que anoche,
sábado, hubo una reyerta protagonizada por miembros
de “Los Ñetas”, una banda juvenil, con otra enemiga.
El altercado se inició entre las carpas de la Semana
y siguió más tarde en las puertas de la discoteca
Go.
–Y no pasó
más –dice Gallo–. Porque de haber ocurrido algo más,
un vecino habría avisado. En cuyo caso, nuestra
capacidad de respuesta es de 30 segundos.
Gallo me
lleva a la Jefatura. La modernidad y la pulcritud
definen el edificio y su interior. Me invita a una
sala donde, desde sus computadoras de última
generación, una serie de uniformados controlan, lo
más tranquilos, la ciudad desde las pantallas. Acá
opera el Centro de Coordinación General de
Servicios. En caso de una urgencia, tres cámaras de
alta velocidad dispuestas en toda la ciudad permiten
enfocar en primer plano tanto un sujeto como una
chapa patente. Nada escapa a la visión de este
sistema de vigilancia muy Gran Hermano. “No nos
ocupamos ni de terroristas ni de narcos”, dice,
“pero completamos la ayuda de la policía nacional si
se nos pide”. Frente a las computadoras, en una
pared de la sala, dos pantallas enormes amplifican
por igual el plano de la ciudad como la imagen que
puede concentrar la atención si surge un delito.
“Cuando Anne Perry, la novelista inglesa de
policiales, pasó por aquí y le mostré nuestra
tecnología, se asombró. ‘Esto no lo tiene hoy
Scotland Yard’, me dijo Perry.”
Anne Perry
no es la única firma de literatura negra que Gallo
mecha en la conversación. Entre sus escritores
admirados se cuentan dos argentinos: Ernesto Mallo,
el de Delincuente argentino, y el prolífico y
premiado Raúl Argemí, responsable de una
considerable y potente narrativa hard boiled
desconocida en nuestro país. Gallo es un conocedor
de la literatura negra. Más allá de los clásicos de
la serie negra norteamericana, a Gallo le importan
pocos europeos: Sciacia, Markaris, Izzo y Manchette.
Entre los españoles, Vázquez Montalbán, Andreu
Martín, que se inspiró en él para crear su detective
Alex Del Toro. Y, obviamente, Juan Madrid. “Me gusta
Juan por su pulso del asfalto. Porque anda por ahí,
yendo a todas partes anotando en su libretita”.
Gallo se toma una pausa. No les cree demasiado a la
mayoría de los escritores de novela negra. “Hablan
de crimen y de armas y en su vida ni olieron ni la
sangre ni la pólvora”, dice. Y lo dice con
autoridad. Porque en la Semana Negra del año pasado
invitó a varios escritores de policiales
presuntamente duros a un polígono. “Hammett se
habría reído viéndolos. Uno tenía que cuidar no sólo
que no se lastimasen sino que no te mataran. Es que
la inspiración de estos escritores no es la realidad
sino las series y las películas que ven muy cómodos
en su piso”, dice. No son muchos los escritores
europeos que le gustan a Gallo: “Es que a la mayoría
le preocupa más vender que la realidad. La edulcoran
y se autocensuran: esto no va a gustar a los de
izquierda, esto no a los de derecha. Y así. A
diferencia de la literatura latinoamericana, que
tiene tripas, los europeos resignan la observación.
Lo que consiguen es una novela plana con personajes
planos. Y no cuestionan el poder”.
Al
terminar la entrevista me regala su última novela,
Operación exterminio. Tiene un acápite de Albert
Camus: “Fue en España donde los seres humanos
aprendieron que es posible tener razón y, aun así,
sufrir la derrota”. La novela narra, a partir de
hechos reales, uno de los episodios más cruentos de
la represión franquista, una infiltración maquinada
tras los muros de la prisión de Carabanchel por la
inteligencia de la Guardia Civil contra la guerrilla
republicana en el otoño de 1946. Empiezo a leerla.
La novela tiene una prosa que engancha.
Si lo que
yo esperaba al conversar con Gallo era alguna
historia en la que pudieran fundirse la violencia y
la ficción, nada de eso. “Sí, alguna vez la pasé
difícil”, reconoce, pero le resta importancia al
contar. “Una vez un loco que tenía la navaja en el
cuello de un compañero. Y nosotros estábamos ahí,
con el dedo en el gatillo. Pero finalmente el loco
entró en razón y pudimos detenerlo. Otra vez, en un
cuarto, me pasó de estar con otro compañero,
rodeados de escopetas que nos apuntaban.
Delincuentes comunes. Hasta que llegaron los
refuerzos. Pero no hay nada que deba destacarse.
Trabajo simplemente.” Y después de otro silencio
vuelve a repetirlo: “Es trabajo lo mío. Y lo que
cuenta es que la noche del sábado terminó bien”.
Me falta
una pregunta. Se la hago:
–Por la
mañana –-me contesta–. Escribo por la mañana. Y
cuando es la hora en que me pongo la placa, ya tengo
hecho el día. Porque lo de ser escritor es también
un trabajo. Como el de policía. De lunes a domingo.