Cuando llega el verano a Madrid puedes hacer dos cosas:
terrazas o montaña. Si tienes menos de 18 años la cosa se
reduce a la mitad y si tu abuelo tiene una casa con
biblioteca en plena sierra del Guadarrama, estás a salvo. La
del padre del padre de la escritora Almudena Grandes tenía
de todo en sus estanterías, desde los libros juveniles de su
hijo a las obras completas de Benito Pérez Galdós. A los 15
años de edad la autora se armaba de libros de bolsillo con
sus ahorros y a mitad de julio ya había acabado con todos
ellos. Así que aquel verano decidió husmear por aquella
biblioteca, y allí estaban las completas de Aguilar de
Galdós, con una edición para los duros de pelar, con dos
columnas y papel Biblia. Los libros tiraban para atrás, pero
la necesidad pudo más.
Cogió la primera
novela que encontró. "Y tuve la suerte de que fuera
Tormento". Así es como la casualidad hizo que aquella
pequeña, en mitad del verano, abriera una bomba de relojería
con tapas: la historia de
posesión de un cura con una huérfana desamparada. Un
cura que abusa de su posición, que miente, que la tiraniza,
vamos, una imagen inédita de España para sus 15 años. "Me
enganché a Galdós hasta hoy".
Grandes recupera para este proyecto historias que no
pudo contar en El corazón helado
Este verano
Almudena no está en la sierra madrileña, está cerca del
Atlántico y por lo que sea no lee Fortunata,
rompiendo con una de las normas de sus veranos desde
entonces. "Galdós fue para mí el veneno de la novela",
recuerda en la terraza de su casa. Hay levante, calor y
nubes. Chanclas y pareo. No para de beber té rojo, aunque
dice que le gustan todos. Éste también se ha quedado frío,
es mediodía y saltamos de un tema a otro, pero siempre, al
fondo, su respeto por don Benito. Es rápida, inteligente,
arma el discurso como si no dejara de escribir columnas.
Hablamos de su nuevo reto profesional, unos Episodios
nacionales a la manera actual. Un homenaje sentido a un
escritor fundamental en su vida, al que halaga en cuanto
puede.
Desprestigio
"A mí Galdós me
parece un escritor inmenso", primer cariño. "Galdós me
parece un novelista grandísimo con una mala suerte
horrible", segundo marrullería, esta vez en referencia a la
decisión de la academia sueca de
quitarle el Premio Nobel por
ser socialista y dárselo a Echegaray, al que, cómo
decirlo, Almudena deja allá abajo, donde llegan los despojos
intestinales. "Galdós ha acabado sufriendo el absurdo
desprestigio en España, él que fue la conciencia pública de
la izquierda española de entonces ha pasado como un escritor
conservador, reaccionario y casposo. Totalmente injusto",
arrumaco final.
Le hubiera gustado
llamar a su plan "Nuevos episodios nacionales", pero Franco
fastidió el adjetivo para los restos. "Sí, es una pena
porque Galdós ennobleció esa palabra y Franco se la cargó.
Una putada, qué le vamos a hacer". Las seis novelas quedarán
recogidas en lo que ha llamado Episodios de una guerra
interminable, que irán apareciendo a partir de octubre
de 2010, siempre con Tusquets. Ya tiene escritas las dos
primeras y sabe hasta la cita que compartirán: el poema de
Luis Cernuda, Díptico español, que enfrenta la
España de Franco y la España de Galdós.
Por
lo que cuenta y cómo lo cuenta, serán novelas con
aspiraciones nacionales, es decir, con la pretensión de
incidir en las grandes
cuestiones de este país y su pasado. Ya en El
corazón helado sus personajes cambiaron. Allí se
presentaban como elementos para cuestionar verdades
incuestionables y para revelar la mentira en las verdades
impuestas por la costumbre. Es probable que esa intención
crítica respirase en su primera etapa como escritora de
Madrid, de su generación, de sus problemas y de sus
experiencias, y cuyo mejor ejemplo es Las edades de Lulú.
Sin embargo, ha encontrado otro camino, probablemente fruto
de la rabia de una visión de España como un país
desmemoriado, "de nuevos ricos e insensible".
"España es un país
anormal en el siglo XX: fuimos los más modernos del mundo en
los 30 primeros años del XX, los más antiguos en los
siguientes 40 y ahora vivimos en los mundos de Yupi. De la
extrema pobreza se pasó a una generación de gente sumisa que
aceptaba cualquier cosa y de ahí a la borrachera de la
libertad y de la opulencia económica. Ahora, la cuarta
generación está pagando el precio de la desorientación",
para confirmar los profundos desajustes de identidad.
Recuperar la memoria
Es la falta de
reflexión el mayor de nuestros problemas, porque "no hemos
querido mirarnos al espejo". Si lo hubiéramos hecho cree
Almudena Grandes que habríamos aceptado un pasado. "Mientras
oficialmente se siga sin aceptar cuál ha sido la evolución
histórica de este país, los españoles seguirán sin saber en
qué país viven". Quiere dejar de estar al margen de su
Historia para recuperar la memoria
y dar a conocer nuestra
tradición democrática. "Es importante para saber que
la Segunda República fue un experimento democrático antes de
la Guerra que funcionó, y que esta democracia en la que
vivimos no se ha querido vincular a aquella", explica.
De ese momento
histórico y social supo en la cocina de su madre, a los doce
años, recuerda. Entonces creía que el progreso era una línea
recta, y que ella era más moderna que su madre y su madre
más moderna que su abuela. De haber sido así, no se habría
extrañado cuando su madre le dijo, con un Hola! en
el que salía una foto de la gran Josephine Baker ya mayor,
con turbante, chándal y rodeada de sus niños en una campiña
francesa, "tu abuela la vio bailar". "Siempre acompañaban
esa foto con otra de cuando ella era joven y guapa, vestida
con una falda de plátanos y con dos estrellas enormes en los
pezones, que le ponía la revista", cuenta. "Me dije aquí
pasa algo raro, cómo era posible que mi abuela fuese con mi
abuelo a ver bailar a una mujer desnuda a un teatro de
Madrid". Todavía sigue dándole vueltas a lo mismo, su abuela
fue la más moderna de la familia.
Por
eso su proyecto es ambicioso (dice que casi "vicioso"),
porque quiere contar las pequeñas historias que enfrenten al
lector con su pasado. "Lo que crea Galdós es un modelo moral
y didáctico. Es una manera de enseñar a los lectores las
glorias de su país". Ahora podrá dar vida a las mil y una
historias que se quedó durante el proceso de documentación
de El corazón helado, que duró cinco años. Pero
advierte que no puede abordar la tarea de la misma manera
que don Benito: "No soy tan
libre como lo era él en aquel momento". Entona un
"ojalá", para afirmar que le gustaría escribir sobre grandes
loas patrióticas, "pero eso querría decir que estaríamos en
una República Democrática y que no habríamos pasado por lo
que tuvimos que pasar".
Escritora del siglo XX
Así que, que nadie
se espere una imagen fiel de los episodios galdosianos,
porque para empezar lo escribe en primera persona. "Yo soy
escritora en primera. Un autor nace en primera o en tercera
persona. Además, no soy una escritora del siglo XIX, sino
del siglo XX", explica. Serán novelas más cortas que El
corazón helado, entre 300 y 400 páginas. Todas con una
estructura común: tres partes de tres capítulos cada una más
un epílogo. Es ficción con personajes de ficción, que se
relacionan con personajes reales y que además actúan en
marcos históricos reales.
De Galdós también
le fascina la ambición de construir un mundo desde cero. Los
novelistas del XIX en ese sentido estaban en un desierto y
podían caminar por donde quisieran, tal y como cuenta. "Ahora
los escritores conducimos en algo parecido a una autopista
de Los Ángeles, con 18 carriles en cada sentido,
direcciones prohibidas y luces rojas que te dicen por aquí
no. Ya no se puede escribir como entonces porque hemos
perdido el estado salvaje y la inocencia". Además, ni
siquiera vive en el mismo país que Galdós, uno sin
conflictos de patria. Ella está obligada a reajustar, a
parar en los semáforos. "Y ya me salto muchos. Lo asombroso
es que no me pongan más multas", suelta y de paso pide más
radicalidad a los escritores actuales. "Hay un exceso de
autocensura estética en el narrador contemporáneo. Somos
nada salvajes".
De entre esos
montones de libros, películas y música con los que trabajó,
Grandes habla maravillas de La hija de Juan Simón,
el primer intento de crear una moral republicana en una
película muy popular, con un argumento folletinesco. Hay una
secuencia en la que sale Carmen Amaya diciendo: "Yo soy mía
y hago lo que se me antoja". "Si yo fuera ministra de
Educación tendrían todos los institutos de España "La hija
de Juan Simón", vaya. "El cine tiene una virtud y un defecto
sobre la literatura. La virtud es accidental y el defecto es
profundo. El cine refleja con mucha inmediatez la realidad,
no la filtra ni la reposa, es inmediato. La literatura no es
inmediata, tiene que sedimentar y requiere tiempo".
Lucha de ideales
Ha encontrado un
filón interminable y está dispuesta a llevarse por delante a
quien haga falta. ¿La Transición? "En la Transición se crea
una versión oficial de los hechos, que yo he procurado
cambiar. Aquella generación hizo lo que tenía que hacer como
pudo. Lo que me repatea es esa resistencia que tienen a no
retocarla porque la hicieron ellos. Treinta años después no
es satisfactoria para las nuevas generaciones", pide para
los jóvenes. Esos mismos a los que espera enganchar con
estas historias de "gente pequeña" con conciencia de que se
estaban jugando la libertad del mundo, no sólo la suya. "La
épica de luchar por los ideales", reclama para el lector más
joven, que ha sido privado de la épica que le corresponde,
en los propios libros de texto. "Y es una épica
irresistible".