Hypatia y las raíces del antifeminismo (el odio a la
mujer)
Juan
Manuel de Castells Tejón
UCR
20 de Mayo
de 2009
La
exposición de la película Ágora de Alejandro Amenábar sobre la vida de
Hypatia ofrece una excelente ocasión para analizar una vez más el tema
del antifeminismo que sigue siendo uno de los componentes esenciales de
nuestra civilización llamada a veces occidental, pero cuya denominación
más apropiada sería la de civilización cristiana.
La historia
de Hypatia ha sido muchas veces contada por lo que la resumiré muy
brevemente. Para evitar cualquier tipo de magnificación de un personaje
tan admirado por quienes han visto en él una víctima simbólica de la
crueldad a la que lleva el fanatismo religioso, citaré el relato de
Sócrates Escolástico (también conocido como Sócrates de Constantinopla),
historiador cristiano del siglo V:
Vivía
en Alejandría una mujer llamada Hypatia, hija del filósofo Theon, la
cual alcanzó logros en literatura y ciencia suficientes para sobrepasar
a todos los filósofos de su tiempo. Como directora de la Escuela de
Platón y Plotino explicaba los principios de la filosofía a sus alumnos,
muchos de los cuales venían de lejos para recibir sus enseñanzas…Todos
los hombres la admiraban por su extraordinaria virtud y dignidad…Sin
embargo incluso ella cayó víctima de la envidia política que prevalecía
en aquel tiempo…algunos de (los monjes del obispo Cirilo) llevados por
un celo fiero y fanático…la emboscaron en el regreso a su residencia, la
sacaron de su carruaje y la llevaron a una iglesia llamada Cesareum,
donde la mataron con “ostraca” (trozos de cerámica). Después de despezar
su cuerpo, llevaron sus miembros a un lugar llamado Cineron, donde los
quemaron. Este asunto trajo oprobio no sólo sobre Cirilo, sino también
sobre toda la Iglesia de Alejandría (Volumen VII, Capítulo XV).
El relato
de Sócrates ocurre durante el año 415. El asesinato de Hypatia fue el
resultado del odio que le profesaba el obispo Cirilo (San Cirilo, claro,
este tipo de sicópatas asesinos rara vez dejan de ser canonizados,
cuando perpetran sus asesinatos en defensa de la fe), quien la acusaba
de ser una maga (es decir aliada del demonio) en sus discursos desde el
púlpito. Hypatia es considerada por tanto la precursora de la caza de
brujas que ensangrentaría a Europa siglos más tarde.
El relato
de Sócrates menciona claramente como causa del odio de Cirilo la
“envidia” que éste le profesaba y que se explica a su vez por la
superioridad intelectual que Sócrates le reconoce. El santo obispo no
podía en forma alguna soportar esta superioridad en alguien que era
pagana, seguidora de Platón y, sobre todas las cosas, mujer.
El cuerpo
de Hypatia desapareció de la manera cruel que hemos visto, pero no así
su espíritu, pues éste reencarnaría a fines del siglo XVII en ciudad de
Méjico en otro cuerpo, igualmente agraciado: el de Sor Juana Inés de la
Cruz, para muchos la más grande poetisa de la lengua castellana. Juana
Inés dedicó su vida a las letras, hasta que en la plenitud de su obra la
Iglesia la obligó a deshacerse de su preciada biblioteca, a recluirse en
su celda, a no volver a escribir, a retractarse por los errores de una
vida dedicada a tareas tan nimias como componer teatro y poesía y a
limitarse a llevar una existencia vegetativa dedicada a la oración. La
razón de la condena de Juana Inés no fue otra que la envidia que le
tenían el arzobispo de Méjico, Francisco de Aguiar y Seijas, y otros
ilustres varones de la Iglesia de la época. El arzobispo la acusó y
condenó nada menos que por el pecado de “la soberbia que saca a la mujer
de su estado de obediencia”. Juana Inés fue una gran admiradora de
Hypatia, sufrió su misma suerte a manos de un nuevo Cirilo, y dejó
constancia en varios poemas de la persecución que sufrió por su doble
condición de intelectual y mujer, combinación de atributos que la
Iglesia de todas las épocas ha considerado nefasta:
Desde
que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la
inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones…han bastado a que
deje de seguir esta natural impulso que Dios puso en mí…sabe (Dios) que
le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que
baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una
mujer (Respuesta a sor Filotea de la Cruz, 1691).
Octavio
Paz, en su excelente biografía de Juana Inés resume así la historia de
su persecución:
La
hostilidad difusa que suscitaban su condición de monja escritora y su
celebridad de ultramar…se convirtió en un asunto que tocaba a los
principios mismos de la disciplina eclesiástica. La hostilidad y los
celos se vistieron con el disfraz del respeto a la autoridad, la
obediencia y la consagración a los deberes religiosos. Y todo esto se
expresó en una exigencia. La renunciación a las letras profanas. El
movimiento de opinión desencadenado por la mala voluntad de Aguiar y
Seijas era, en realidad, una oleada de inconfesables pasiones: envidia,
temor, odio a la mujer, recelo.
El objetivo
de este artículo es justamente el de dilucidar las raíces de lo que
Octavio Paz caracteriza como el odio a la mujer, odio que se ha
manifestado con virulencia en el caso de Hypatia, en el de Juan Inés y
en el de todas las mujeres que han pretendido ser las iguales del hombre
en ambientes culturales dominados por la Iglesia.
Tradicionalmente se ha atribuido el relegamiento intelectual de la mujer
al machismo heredado de las culturas patriarcales pastoriles que nos han
legado su visión del mundo y en especial de las relaciones entre los
sexos: la cultura semita en lo religioso y la indoaria en cuanto a
mitología y organización social.
El machismo
significa simplemente la relegación de la mujer a un plano de
sometimiento a la autoridad del hombre y a una participación en la
sociedad como ciudadana de segunda clase. El Antiguo Testamento es el
súmmum por excelencia de la cultura machista: el hombre puede
divorciarse pero la mujer no; la mujer debe purificarse durante cuarenta
días cuando tiene un varón, pero ochenta si pare una niña; la casada
acusada por su marido que no puede demostrar su virginidad debe ser
apedreada hasta morir, pero no hay una regla semejante para el marido,
etc. En el cristianismo el machismo se encuentra presente desde los
primeros escritos que hacen parte del Nuevo Testamento. Pablo en sus
famosas epístolas afirma, por ejemplo, que “Cristo es cabeza de todo
hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer” o que la mujer fue
creada “a causa del hombre” (entiéndase para estar a su servicio) y
rechaza el derecho de la mujer a hablar en las asambleas de la Iglesia.
El machismo
se encuentra por tanto presente en las llamadas religiones del libro, es
decir la cristiana, la judía y el islam. El machismo no puede explicar,
sin embargo, fenómenos de “odio a la mujer”, como los que hemos visto en
los casos de Hypatia o de Juana Inés. Una cosa es relegar a la mujer a
un segundo plano y otra muy distinta despellejarla viva (o encerrarla en
su celda y prohibirle escribir) como castigo por pretender ser la igual
o superior al hombre en el campo intelectual. Aquí se percibe algo
adicional, a lo cual voy a calificar como antifeminismo, cuyas raíces
paso a explicar.
El
antifeminismo es el resultado de una corriente religiosa judía que se
denomina como apocalíptica y que nace alrededor de los años -170/-165, y
cuyo primer legado literario es el libro del profeta Daniel. La
apocalíptica nace como respuesta a las circunstancias históricas de
Israel, cuando el rey seléucida Antioco Epifanes trató de erradicar el
culto a Yahvé y de imponer la cultura y la religión griegas. En el
pasado la religión judía, a través de sus antiguos profetas, había
sostenido que el
mundo era
básicamente bueno y que los males provenían de las malas acciones del
pueblo de Israel (usualmente trasgresiones a la alianza con Yahvé, es
decir adoración de otros dioses). Desde Daniel, los profetas presuponen
que este mundo es intrínsecamente malvado y que el restablecimiento del
bien exige su destrucción y la creación de un mundo nuevo. Un juicio
final y la aparición de un personaje denominado como “el hijo del
hombre” marcan a menudo la ruptura entre el viejo y el nuevo mundo. La
aparición de esta corriente obedece a la desesperación del pueblo judío
que veía cómo varios siglos de fidelidad a Yahvé desde el regreso del
exilio de Babilonia no había servido para evitar el sometimiento a
poderes extranjeros y luego el ataque a su religión. Resultaba necesario
por consiguiente encontrar una razón para la existencia del mal en el
mundo diferente a la muy manida excusa de la infidelidad con Yahvé.
La nueva
literatura apocalíptica define claramente el origen del mal en el mundo
como el resultado de la corrupción de un grupo de ángeles, denominados
como los Vigilantes (seguramente por haberles Dios encomendado la
custodia o vigilancia de la raza humana), quienes se unieron carnalmente
con las mujeres y enseñaron a los hombres secretos que no debían
revelarles (la elaboración de armas de guerra principalmente) y les
indujeron a cometer pecado. Los Vigilantes y sus descendientes, una raza
de gigantes, fueron destruidos por el diluvio, pero sus espíritus
sobrevivieron convertidos en espíritus malos o demonios y establecieron
su morada en la tierra. Veamos algunos testimonios de esta nueva
corriente religiosa:
·
Adán corrió
peligro, y también los ángeles, pues ellos tenían libertad en esa época
que fue creada; algunos de ellos bajaron y se mezclaron con las mujeres
(primer Apocalipsis de Baruc.)
·
A causa de estas
cosas vino el diluvio sobre la tierra, por cuanto debido a la
fornicación de los Vigilantes contra lo que les fue ordenado, pues se
prostituyeron con las hijas de los hombres
(libro de los Jubileos).
·
Cuando los hijos
de los hombres se multiplicaron y les nacieron en esos días hijas
hermosas, y los ángeles, hijos de los cielos, las vieron y las desearon
para sí y se dijeron entre ellos: “Vayamos, escojamos mujeres entre las
hijas de los hombres y engendremos hijos”
(libro de Henoc).
·
Ordenad a
vuestras mujeres y a vuestras hijas que no adornen sus cabezas y sus
caras…pues de esta manera atrajeron a los Vigilantes antes del diluvio
(Salmos de Salomón).
·
Y a Miguel dijo
el Señor: Ve e informa a Semyaza (otro jefe de los demonios) y a los
otros que están con él, los que se unieron a las mujeres para
corromperse con ellas en todas sus torpezas…Aniquila a todas las almas
lascivas y a los hijos de los Vigilantes por haber oprimido a los
hombres (libro de Henoc).
·
Luego Uriel me
dijo: “Aquí es donde estarán los ángeles que se han unido a las mujeres.
Sus espíritus, tomando muchas apariencias, han corrompido a los hombres
y los harán caer para que sacrifiquen tanto a los demonios como a los
dioses, hasta el día del gran juicio, en que serán juzgados para ser
perdidos” (libro de Henoc).
Los
profetas apocalípticos atribuyen ahora el mal en el mundo a los ángeles
conocidos como “los vigilantes”, pero ellos no han obrado solos, han
tenido un aliado y este aliado son las mujeres, que les atrajeron con su
belleza. Queda así plasmado el estereotipo de la mujer como seductora
del hombre y aliada del maligno que originará la caza de brujas siglos
después.
Esta visión
de la mujer como seductora que corrompe y aleja al santo varón de su
vocación de servicio a dios, la encontramos ya plenamente incorporada al
cristianismo en la obra de San Agustín. Basta citar algunos pasajes de
sus “Confesiones”, en los que relata cómo su atracción hacia la mujer le
desvió de dios en su juventud: Reteníanme antiguas amigas mías…me
tiraban del vestido de mi carne y murmuraban por lo bajo: “¿Nos dejas?
¿Y desde este momento ya no volveremos a estar contigo? ¿Y ya desde este
momento no te será lícito ni esto ni aquello? ¡Qué cosas más sórdidas me
sugerían! ¡Qué indecencias! Apártelas tu misericordia del alma de tu
siervo…De tal manera me convertiste a ti que ya no deseaba mujer.
El “deseo
de la mujer” en oposición a la entrega a dios y a la salvación del alma,
estos son los elementos que subyacen al antifeminismo que nace con la
corriente apocalíptica del judaísmo y que supera con creces al
relegamiento de la mujer a un segundo plano que es la característica del
machismo.
La
apocalíptica explicaba el mal en el mundo por la fecundación de mujeres
por ángeles y esperaba que la llegada de un Mesías o “hijo del hombre”
dotado de grandes poderes acabaría con este estado de cosas y
restauraría la bondad primigenia de la creación de dios. El judaísmo
actual conocido como rabínico no procede de esta corriente. La corriente
apocalíptica-mesianista (o apocalíptica-cristiana, que es lo mismo, pues
Cristo es mesías en griego) llevó a la guerra contra Roma en los años
66-73. Los fariseos que colaboraron con Roma y con sus testaferros
herodianos reconstruyeron el judaísmo excluyendo las creencias
apocalípticas (a la que denominaron como “minim” es decir como herejes).
El cristianismo sí procede evidentemente de la corriente apocalíptica y
ha logrado conservar todos los reflejos de odio a la mujer, culpable de
traer el mal al mundo al seducir a los pobres ángeles que dios había
designado para vigilarlas y de desviar al hombre de su vocación de
virtuosa alabanza de dios.
El
cristianismo ha heredado tanto el machismo del Antiguo Testamento como
el antifeminismo de la corriente apocalíptica-mesianista. No cabe
esperar por tanto que culturas influenciadas o controladas por creencias
cristianas logren una plena igualdad de género. La lucha por la igualdad
de género debe considerarse como un componente más de una lucha más
amplia: la lucha por liberar a nuestra sociedad de ataduras religiosas
en que muchos encuentran la justificación para mantener situaciones que
violan los derechos humanos. Sólo una sociedad plenamente laica puede
garantizar los derechos de la mujer y de todos los ciudadanos.
Mayo 2009
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