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Piratas, películas y
capitalismo
Georg Seeßlen
Sin
Permiso 28 de
Abril de 2009
En la piratería se manifiesta el conflicto entre sedentarios y
nómadas. No solo el ser humano, también el dinero circula como
pirata en el mercado mundial.
Donde
hay comercio, hay bandoleros, y donde hay comercio marítimo, hay
bandoleros de agua salada. Los piratas acompañan la historia del
capitalismo marítimo. Y se presentan de dos maneras: como
realidad sórdida, terca y violenta; y como mito romántico de
libertad y aventuras. Los jóvenes quieren ser piratas, aunque, a
decir verdad, en las más bellas películas de piratas lo que se
ven son bandoleras marinas. Son las hermanas menos vengativas de
Jenny, la pirata [el personaje de la Ópera de tres
centavos, de Bertolt Brecht y Kurt Weil; T.]. La piratería
es también rebelde en materia de género. Y en lo tocante al
sexo, lo mismo. Puesto que los piratas no aceptan la propiedad,
tampoco aceptan que la masculinidad sea propiedad de varones y
la feminidad, de mujeres. Así se asoma la piratería en los
sueños eróticos. Ese pirata libre, aventurero y sonriente, mitad
niño y mitad mujer, y con todo y con eso, hombre hecho y
derecho, no es –se calla por sabido— sino sueño de bravos
burguesitos, melancólicos hijos de los comerciantes a los que
los piratas robaban oro y mercancías.
La realidad de los
bandoleros de agua salada fue siempre miserable, a veces ligada
a la política, a veces desarrollada por gentes sin nada que
perder y, por lo mismo, de corto honor y orgullo corto. Piratas
los ha habido por doquiera, pero la plaga más grandiosa la
propagaron los intrépidos piratas caribeños de los siglos XVII y
XVIII. Y de ahí viene un segundo sueño: los piratas eran los
perfectos "criollos": unían en sí lo europeo, lo americano, lo
africano y lo asiático. O mejor aún: se mofaban de las fronteras
culturales. Son deshechos de las más variadas culturas; algo les
une. Se enfrentan a la globalización fetichista del comercio
con verdadero placer criollo. Y al armamento tecnológico, con
agilidad y astucia.
Los piratas son precursores y productos
laterales de las guerras
Los piratas actúan sobre
el más hondo azul de alta mar, es decir, sobre territorio
propiamente sin dueño. Por eso desde la antigüedad griega fueron
combatidos con dos medios. Con el poder armado naval y con
acuerdos entre Estados dedicados al comercio marítimo. Desde
esos tempranos tiempos, pues, los piratas fueron ambas cosas:
síntoma de crisis comercial (demasiada plusvalía comprimida en
un cargamento) y fermento de nuevos
compromisos (los tratados internacionales siempre son mejores
para el comercio que los eventuales placeres
causados por el daño infligido al competidor). Los piratas son
al mismo tiempo precursores y productos laterales de la guerra.
En el derecho romano quedaba aún sin determinar cómo había que
tratar a los piratas: si como "criminales" o como "enemigos". En
el año 2008, la piratería fue definida por la Naciones Unidas
como un "acto de guerra". El fundamento del meta-tratado
marítimo es éste: el pirata es un "enemigo de la humanidad".
Al propio tiempo, ha de
considerarse bajo otros dos aspectos: puede ascender a la
categoría de héroe popular (un tipo que sólo roba a los que se
lo tienen merecido y que entrega el botín a los pobres), y aun a
la de revolucionario que, para sostener la lucha emancipadora,
ataca al enemigo imperial. Y las tripulaciones de piratas se
reclutan coherentemente con eso: entre disidentes y ciudadanos
transterrados, entre los famélicos y los condenados de esta
Tierra, entre esclavos evadidos y delincuentes prófugos. Un
material superlativamente contradictorio.
La
piratería aparece en el trasfondo allí donde el comercio
comienza a diferenciarse y los verdaderos artículos de lujo se
arrellanan antes en los libros de contabilidad que en los cofres
de tesorería. Reaparece cíclica y regionalmente en situaciones
en las que comercio, política y fuerzas armadas se desarrollan
contradictoriamente entre sí, y el comercio marítimo, él mismo
asincrónico, se ve obligado a deambular en pos de beneficios por
las zonas desguarnecidas y sin ley de los mares del mundo.
En la medida en que los
océanos fueron haciéndose más seguros y aburridos, la piratería
buscó nuevas formas de manifestación. Hay emisoras piratas,
productos piratas, datos piratas o, en general, un tipo de
piratería social y cultural: travesías corsarias por el
copyright, ladrones de marcas de pie ligero, Pirate
Bay en busca de bienes que nadan por las inseguras
corrientes de la Red. Lo que anda aquí siempre en juego es la
desfachatez de los pocos contra el poder de los muchos, y el
placer de navegar bajo falsa bandera. El verdadero crimen se
hizo sedentario: no está ya en los márgenes del capital, ni
acechante en los caminos más precarios de éste; ahora se ha
desplazado a su centro y a sus fuentes. ¿Qué es un botín
corsario frente a la distribución de pedidos de construcción
naval?
Piratería miserable sin pátina criolla
En los altos y bajos de
la piratería se reflejan las idas y venidas entre lo sedentario
y lo nómada del hombre y del capital. El final de la piratería
no está en el final de los piratas, sino en la piratización del
capital. El dinero mismo viaja por el mercado global como
pirata. En las acciones financieras virtuales no se pueden
distinguir ya los procesos de especulación, piratería y
falsificación de los de intercambio, comercio y depósito. En
cambio, los verdaderos piratas son gentes chapadas a la antigua:
todavía creen en la economía real. ¿Y en qué, si no?
Quien no quiere
adentrarse en el azul del océano, quien sigue ligado a tierra
firme, se convierte en uno de los "piratas de arrecife" de la
Posada de Jamaica (1939), a los que no sólo conocemos por
las películas del primer Hitchcock. Esos piratas no persiguen a
los barcos cargueros por océanos sin dueño, sino que, en sus
golpes, se aprovechan de los peligros de la navegación de
cabotaje por entre bajíos de aguas costeras, para volver a
desaparecer rápidamente en tierra. Es este un tipo de piratería
miserable, carente de la pátina criolla porque fiada
a la eficiencia de la celada.
El éxito de los piratas
y su cristalización en una "plaga de piratería" tuvo ya en las
formas cíclicas de su propagación, desde el mar mediterráneo
antiguo hasta la época de esplendor de los piratas caribeños
dieciochescos, consecuencias superlativamente divergentes. Pues,
por un lado, los piratas trajeron consigo tres formas de
militarización del comercio: el armamento de los buques
comerciales, la escolta de los buques de guerra y la represalia
militar contra los puntos de apoyo de los bandoleros marinos.
Por consecuencia, los piratas ya no pudieron conservar ningún
tipo de independencia: de anarquistas y héroes populares,
pasaron a ser aliados de Estados o de movimientos beneficiarios
de la desestabilización de las rutas marítimas comerciales
enemigas. La politización de la piratería trajo consigo un
sistema de gravámenes, el cual llevó, a su vez, a la
financiación de una militarización nueva y, luego, y a menudo,
territorial. Con dinero, sinecuras y canonjías se preparó el fin
de la politizada piratería de alianzas. Eso era la definitiva
corrupción del pirata, según nos enseña la fantasía
cinematográfica: el pirata se convierte en gobernador o en
terrateniente, y se dedica a lo que antes le repugnaba, a
explotar trabajo ajeno. La subsistente actividad corsaria
anarquista fue perseguida implacablemente –como gusta decirse—
por las potencias marítimas ahora aliadas, y su final fue
sellado con castigos públicamente ejecutados.
También esto nos enseñan
nuestros sueños cinematográficos del pirata demediado: que sólo
puede terminar o trágicamente o en un sueño kitsch que jamás
podríamos tener por real: degollado, colgado, o corrompido,
"vuelto del revés".
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Georg Seeßlen
es el más reconocido crítico cinematográfico de Alemania.
Publica sus críticas en diarios como Frankfurter
Runschau y en diversas revistas de izquierda como
Feitag o konkret.
Traducción para
www.sinpermiso.info:
María Julia Bertomeu
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