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consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Jesús Nieto Jurado
UCR 25 de Noviembre de 2005
Hay días en los que la lectura detenida de la prensa provoca en el lector un estado prácticamente cataléptico, sin embargo, en otras ocasiones la lectura de esos mismos diarios en un determinado contexto sumerge al lector en una espiral de interrogantes y reflexiones, que desembocan en último término en la aplicación de la duda cartesiana a ese mercado exótico e influyente que es la información periodística.
Recientemente y tal vez debido al empacho mediático borbónico, mis cavilaciones giraban de manera desazonada en torno a la interesada conmemoración que el PSOE esta haciendo de los 30 años de yugo monárquico.
Reflexionaba además, a raíz de esos acontecimientos de corte medieval en plena era de las telecomunicaciones, acerca de la manifestación popular que siempre ha existido por y para la corona: el "demos" como juez y parte de la monarquía.
Retrotrayéndonos a nuestra historia, es significativo cómo el pueblo sabio y oprimido, ha sabido siempre mostrar su parecer hacia la institución regia.
Fue ese pueblo sabio y oprimido en que gritó “¡ Vivan las caenas ¡ anhelando el retorno del bobalicón Fernando VII, y fue también ese pueblo el que alzó la voz un 14 de abril de 1931 para fundamentar aquella máxima latina acuñada por Ortega de “Delenda est Monarchia”.
Sin embargo hoy día, tras la miseria vital del franquismo, el pueblo menos sabio e igualmente oprimido celebra el trigésimo aniversario desde que un Caudillo con tromboflebitis cedió, atándolo todo bien atado y bien atado, el cetro de poder a un Borbón; evitándo tan generosamente de ese modo el riesgo de que sus españolitos retornaran a la legítima República.
No es menester, pese a todo, de este humilde artículo torpedear con munición columnística a la figura real, pero sí es digna de reseñar la cobertura informativa que los medios han prestado a esta celebración: todos los tabloides, desde el más monárquico al más supuestamente progresista, refieren en su amplia totalidad los treinta años de cautividad súbdita, olvidándose de que en ese mismo mar en el que su Majestad navega despreocupado los días del azul estío en yate o velero, perecen hombres que huyen de una monarquía aún más injustificable: la del hambre.