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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»

El discurso de don Manuel Azaña
José Manuel Castells Arteche

Catedrático de Derecho administrativo de la UPV 

Diario Vasco 6 de Octubre de 2005

Corrían malos vientos para el proyecto de Estatuto de Cataluña, allá por la primavera de 1932. Sin embargo, el proyecto había pasado por el cedazo requerido por el gobierno de la República y había sido clamorosamente refrendado por el pueblo catalán. Más aún, el célebre Pacto de San Sebastián (agosto de 1930) fue respaldado mayoritariamente por políticos de partidos republicanos catalanes y su difuso contenido respondía en todo caso al reconocimiento del hecho peculiar de Cataluña. De tal modo, los catalanes, a diferencia de los naturales de otros territorios, se proclamaban como los padres originadores de la esperanzadora República y, lógicamente, los recipendiarios directos de su política autonómica. No obstante, el Estatuto catalán no conseguía arrancar en los inicios republicanos Existían razones variadas, comenzando por las partidistas. El partido radical de Lerroux (el inefable emperador del Paralelo) enunciaba discrepancias y suspicacias, que aumentaban en el PSOE, dada la indiscutida preponderancia de la central sindical anarquista en el cinturón industrial de Barcelona. Las derechas republicanas, bajo la batuta protagonista de Miguel Maura, exponían los peligros para la España republicana de la peculiaridad catalana. Las derechas monárquicas o tradicionalistas hacían, en esta cuestión, acopio de argumentos contra la República, aludiendo a la fragmentación nacional.

La prensa madrileña, incluído el liberal El Sol, avivaba el fuego con pasión, sin que la intelectualidad -Unamuno, Ortega y Gasset, Sánchez Román- organizada en un partido político, diera muestras de una cierta generosidad ante el autogobierno por excelencia, que en esa época era el catalán. De ahí que cuando el debate del proyecto de Estatuto llegó a las Cortes Constituyentes, el propio Azaña denunció «una agitación, un propaganda, una protesta, una alarma», siempre en contra del mencionado proyecto y con un argumentario multirrepetido: al servicio del patriotismo y de España, en contra de los catalanes, personificación del egoísmo y del separatismo.

El debate parlamentario avanzaba entre oleadas de encono, con ciertas excepciones, como el brillante formalmente pero inocuo en contenidos («el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar») discurso del propio Ortega. Es en esta situación, y cuando el 27 de mayo toma la palabra Manuel Azaña, a la sazón presidente del Consejo de Ministros. En un espléndido discurso de tres horas de duración, consiguió superar todas las suspicacias, miedos, recelos, fobias..., y al fi-nal del mismo el proyecto de Estatuto de Cataluña era una realidad, aprobado por la gran mayoría de la Cámara. En esa ofrenda a la lógica y a la racionalidad, Azaña se coloca en el mismo corazón del castellanismo y del patriotismo español para avanzar en sentido contrario a 'castellanistas' y 'españolistas', y responder con realismo a la realidad: «la existencia de los hechos diferenciados en las regiones de la península». Con el presupuesto que «nadie tiene derecho a monopolizar el patriotismo» y que lo importante es que «la solución sea además de patriótica, acertada», es «pensando en España, de la que forma parte integrante inseparable e ilustrísima Cataluña, como se propone y se vota la autonomía de Cataluña».

Puesto que uno de los mayores errores, prosigue Azaña, que se pueden cometer en nuestro país, es contraponer a las cosas y sentimientos de Cataluña, el espíritu español; en esa dirección, el gobierno de la Generalidad es una parte del Estado español, «no es un organismo rival, ni defensivo, ni agresivo». Azaña consideró que el autogobierno territorial era la demostración de la superación republicana de la política asimilista de la corona española, especialmente a partir del siglo XIX. Es frente a esta política cuando se produjeron las reacciones: «Lo que importaba a los vascos no era D. Carlos, sino sus fueros La primera guerra carlista no era una guerra dinástica, sino una guerra de asimilación contra el orden administrativo, contra los fueros vizcaínos y las tradiciones vascongadas». Frente a la Monarquía, a la República le correspondía «conjugar la aspiración particularista o el sentimiento o la voluntad autonomista de Cataluña con los intereses o los fines generales o permanentes de España dentro del Estado organizado por la República». Afirmación con la que se llegaría al centro nuclear de la exposición: «los catalanes dicen: queremos vivir de otra manera dentro del Estado español. La pretensión es legítima », aún con los naturales límites constitucionales. Esa vivencia diferenciada y su respeto fue lo que caló en la renuente inicialmente audiencia republicana y de tal modo se obró el milagro: por encima de la orden partidista y la consigna tribal, surgió la conciencia individual convencida por el orden y la altura dialéctica del gran tribuno republicano; milagroso desde la perspectiva actual naturalmente. El proyecto catalán cogió así la buena deriva hasta su firma en acto público celebrado en la Diputación Foral de Gipuzkoa.

Momento presente que, salvando las distancias, tanto recuerda en su contexto global a aquél de los inicios del quinquenio republicano, al menos en lo que concierne a la presentación parlamentaria de un proyecto autonomista catalán. Primer interrogante: ¿posee Rodríguez Zapatero la altura política y cultural de Azaña? La respuesta comparada sería que evidentemente no. ¿Se frustra así el presente reformista por tal razón? Esta vez pienso que los dados están todavía en el cubilete y la suerte no está echada. Lo expondré a continuación. Rodríguez Zapatero al menos ha acreditado en este breve lapso de tiempo de gobierno, dosis importantes de osadía (la retirada militar de Irak), de sentido progresista en políticas de no discriminación, y de flexibilidad en el aparente entendimiento de las reivindicaciones autonomistas. Y sin embargo, no parece necesario señalar que lo tiene muy difícil y deberá extremar sus todavía tiernas capacidades de liderazgo para conseguir que el texto que salga de las Cortes sea al menos identificable con el proyecto del Parlamento catalán. Puesto que es preciso que se imponga a los levantiscos y alborotadores barones de su propio partido, en constante exaltación 'castellana' y 'española'; a los miedos atávicos de una sociedad imbuída de prejuicios («los catalanes van a lo suyo que es "la peseta» y además están en contra de la unidad de España) provenientes muchos de ellos del régimen autocrático y renovado con fuerza en la actualidad; al fuego cruzado de una artillería mediática centralista, tantas veces sucia, vituperante y repulsiva; a un partido de la oposición, el PP, sumido en el pozo insondable del negativismo y de las presunciones delirantes; a unos analistas y académicos, que parecen sentir que la propia Constitución, es profundamente inconstitucional. ¿Pobre Constitución tan sacralizada como instrumentalizada!

El presidente Zapatero tiene en Manuel Azaña un excelente exponente de argumentos y sobre todo, de una suprema muestra de valentía, de nadar contracorriente si este ejercicio responde a los altos principios de una política realista, generosa, incluso vital. Merece Zapatero con todo, un crédito de confianza, pese al funesto precedente vasco de su rechazo total en el Congreso de los Diputados.

De todos modos y maneras, desde este rincón de nuestra pequeña Euskal Herria, deciros de corazón: Ciudadanos catalanes ¿Suerte! os la habéis merecido y esperamos que contéis con un autogobierno digno y ajustado a la hora del nuevo siglo.

 

 

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