Munilla y sus comparaciones.
Jesús Emiliano Rodríguez Calleja.
UCR 19 de Enero de 2010
Conmocionados por la catástrofe de Haití, con unas imágenes que afectan hasta al más insensible, con un elevado número de muertos y con una destrucción total, comparada con la que causó la bomba atómica de Hiroshima, situación que ya se denomina como de auténtico infierno, aparece el electo, pero rechazado obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, y se despacha diciendo que hay males mayores, sobre todo los que afectan a nuestra pobreza espiritual.
Este Munilla, mastín eclesiástico, de pura raza roucovareliana, que como mérito en su anterior diócesis palentina fue suprimir el Seminario y que en su adoctrinamiento se apoya en un Catecismo de 1992, por tanto, ignorando los avances de estos últimos lustros y anclado en el pasado. Fue promovido al obispado de Guipúzcoa por sus cualidades de fiel seguidor de los preceptos y mandatos de su promotor y aunque él opine lo contrario, rechazado por el 70 por ciento de los sacerdotes que le deben obediencia; por sus vicarios y por amplios sectores de la sociedad y la política del País Vasco. Un rechazo no sólo a él, sino a esa trama eclesiástica que no quiere separar la parcela divina y la que corresponde al César. Pretenden seguir ocupando las dos, añorando tiempos pasados.
Este Munilla, fanático e integrista, retrocede hasta la Iglesia medieval y quiere hacernos creer que los males que padecemos, nos los merecemos, por malos, por el abandono espiritual y por el abrazo y concepción materialista de la vida. Predica ese pensamiento catastrófico de un Dios justiciero, que al parecer es lo que les ha caído a los párrocos guipuzcoanos con su nombramiento y, por extensión, a todos nosotros, ya excomulgados por Rouco.
Este Munilla que dice no criticar la actuación de un político, pero sí hacer la valoración moral de las leyes, le advierte a Zapatero que no se acerque a comulgar por proteger la Ley del aborto. Lo que él quiere es legislar. Ya de carrera, aprovecha para culpar a toda la sociedad y a determinados medios de comunicación, de fomentar el anticlericalismo del que es víctima la Iglesia. Prelados como él son los que fomentan el rechazo a la Iglesia y que no pocos abandones a pastores de su condición. Ellos son los que hacen que el anticlericalismo esté de moda, como dicen no pocos defensores de la verdadera doctrina de Cristo. Minilla afirma que la unidad de la Iglesia, aunque con voces discordantes, está asegurada por el Espíritu Santo y que lo esencial es orar todos juntos y un espíritu joven. Lo dice él, con un reloj que le marca el tiempo en retroceso y le ha alejado de la actualidad y la realidad.
Este Munilla, que se ha convertido en cabeza de escándalo permanente y al que ya se le califica como “el obispo sin alma”, quiere engañarnos, después de saber lo que piensa, con disculpas imposibles, alardeando de un cinismo abominable al decir que. “se han distorsionado y manipulado mis palabras, dichas en el plano teológico”. Quiere justificar lo injustificable y en esa idea apocalíptica asegura que a esos infelices haitianos, Dios les promete la felicidad eterna. De qué felicidad habla, de la de los muertos o de la de los vivos; de la de esos padres que han perdido a sus hijos, o de la inmensidad de niños que han perdido a sus padres y quedan huérfanos y pobres de por vida.
Este Munilla no se ha dado cuenta que en la niebla que está sumido Haití, cabalgan esos jinetes del Apocalipsis con los que él nos atemoriza y sin mucha imaginación podríamos descubrir el hierro de la cuadra a la que pertenecen los caballos y hasta el rostro de los jinetes. Cuando todos están colaborando para paliar el desastre, la postura de la Iglesia es la llamada al rezo y la oración. Desde la diócesis de Munilla se han enviado 100.000 euros por Cáritas diocesana pero recogidos y aportados, a buen seguro, por personas sensibles y muchas de ellas ni tan siquiera cristianas, ni pertenecientes a su rebaño.
Este Munilla, seguro que sabe que en su anticuado Catecismo se establece como una obra de caridad, el enterrar a los muertos. En Haití, hay miles y miles. No estaría de más que empezara por ahí, en el más estricto sentido literal, no con responsos y plegarias, sino con pico y pala, Ese si que sería un buen ejemplo de caridad cristiana.
Este Munilla, que el día de su posesión, como pastor de la diócesis guipuzcoana, quiso hacerse el gracioso, aludiendo a su polémico nombramiento y posterior rechazo, con aquella frase de: “Papa, pupa”, ha sido incapaz de ver el sufrimiento, el dolor y la muerte y cuando este ciego que necesita un lazarillo que le guíe, quiere rectificar, vuelve a tropezar y nos quiere convencer de que Díos les ha concedido la felicidad eterna. Recientemente escribí sobre Rouco (ver en este portal el título : “Quo Vadis”, Rouco Varela) y pedí al Señor que le perdonase por no saber lo que decía. Ahora si tuviese la ocasión le diría que de tipos como este Munilla: “Liberanos Domine”
