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Entre
el César y Dios…
Fausto Fernández Ponte
Agencia Mexicana
de Información
15
de Enero de 2010
“Los
representantes de Dios en la tierra y los representantes
del pueblo tienen, ambos, una representación espuria”.
La Pasionaria.
I
El
aforismo atribuido a la legendaria dirigente republicana
española Dolores Ibarruri, La Pasionaria, es fiel al
espejo diario si traído al plano mexicano. En España, la
II Republica fue destruida por el franquismo atroz y un
tercer protagonista, la Iglesia.
Sí, la Iglesia.
La Iglesia católica, aclárese, que se desempeñó durante
la guerra civil española como un partido político
sustentador de Francisco Franco –a quien ungió como
brazo armado de Dios-- para exterminar a los
descreídos.
Detrás de ese
genocidio patrocinado por la Iglesia había, como lo
sigue habiendo, un interés estratégico: evitar que un
Estado laico –el republicano-- se consolidase en España
y acotare el poder económico y político de la religión
organizada.
Ese poder
económico se nutre del financiamiento del Estado español
a la Iglesia Católica, de modo que las limosnas de los
feligreses y las ganancias de los muchos negocios de
ésta institución van a dar al Vaticano, limpios de polvo
y paja.
Así, de los
elevados impuestos que el hispano medio paga al Estado,
una parte considerable se destina a financiar a la
Iglesia y sus operaciones y los quehaceres de su muy
gruesa burocracia, que además actúa como una
organización de control social.
II
En
México, como en España, la Iglesia ha combatido a los
descreídos, en particular a aquellos situados en la
estructura del poder político del Estado. Ha financiado,
promovido y realizado incluso guerras fraticidas en
varias modalidades execrables.
Se opuso, desde
luego, a la Independencia y, luego, a la Reforma y más
tarde a la Revolución, a la que le hizo la “guerra
cristera” –adquirió armas y creó un ejército— y, desde
entonces, ha continuado combatiendo bajo varias guisas
al Estado laico.
La Iglesia
Católica, como consorcio económico y organización
política de control social, se nos ofrece en nuestra
historia como enemiga del pueblo mexicano. Ello,
aclárese, no significa que Dios, doquiera en nuestra
psique, sea enemigo de México.
El contencioso
mediático entre la Iglesia católica –a la que se sumaron
otras iglesias cristianas— y la vertiente local defeña
del poder político del Estado mexicano accedió a
conflicto internacional a causa del matrimonios entre
“gays” y poder adoptar hijos..
O, al menos, así
parece. Por un lado, el Estado Mexicano y, por otro, el
Estado Vaticano, que es un ente político formal,
constituido, desde cualesquier perspectivas que se le
quiera ver, la jurídica –el derecho internacional— y la
cultura del poder.
III
El
Estado Vaticano es, pues, un verismo insoslayable; es
realidad no necesariamente enteléquica y moral, sino
material y actuante. Para los demás Estados en el
planeta, el Vaticano es una concreción organizada no por
una sociedad, sino por intereses de poder.
Véase:
el Estado Vaticano tiene, como el Estado mexicano o
cualesquier otros Estados, sus elementos constitutivos
definitorios: un pueblo –que llama “Pueblo de Dios” en
muchos países--, un poder político que “sirve” a éste,
territorio y soberanía.
“Su” territorio
no es sólo el espacio, sin duda impresionante, que es su
sede en Roma, sobre el cual ejerce soberanía. Pero ésta
soberanía es trasnacional. El Estado Vaticano “tiene”
soberanía sobre los mexicanos y quiere tenerla sobre el
Estado mismo.
La historia de
México está preñada, no sin incontables tragedias
sociales, de conflictos entre personeros de la religión
católica organizada para fines de poder político y
económico, y mandatarios de voluntades sociales de laya
laica.
Los primeros son
identificados a cabalidad como clero político, siendo la
política y su ejercicio un faenar inherente a la
naturaleza humana, pero desviada falazmente hacia metas
ajenas a la satisfacción de las necesidades espirituales
de los mexicanos.
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